Detrás de página: Eric Schierloh

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Con el año nuevo estrenamos una nueva sección: “Detrás de página”, con una serie de preguntas hechas a distintos editores y editoras acerca de sus experiencias en torno a la edición y el universo de los libros.

Seguimos con el editor, escritor y traductor Eric Schierloh, a cargo de la editorial Barba de Abejas.

 

Una pregunta que suele aparecer en los lectores acerca de los autores que leen es cómo habrá sido su primera relación con la literatura, su inmersión en el universo literario. Porque no siempre se nace en casa de lectores. En tu caso, ¿cómo empezó tu relación con los libros?, ¿en la propia casa, en la escuela, en una biblioteca popular? 

En la casa donde crecí existía el hábito de la lectura, así que existió ese primer contacto de ver leer a otros y que te lean; además me llevaban a librerías, me regalaban libros, etc. Después está también la experiencia física de los libros, que empezó en la biblioteca familiar y continuó con la de la escuela, la universidad y el trabajo de librero mucho más tarde. Aún así debo decir que no empecé a leer por iniciativa propia, o por curiosidad, hasta los 15, y a escribir hasta los 17 o 18. Recién a los 21 pude encontrar y ayudar a construir (se trata de un movimiento doble, recíproco) la zona de la escritura que todavía me interesa explorar hasta hoy.

Y con respecto a la tarea concreta de la edición, ¿cómo se inició? ¿Hubo algún maestro en tu camino como editor? Y si no hubo alguno de carne y hueso, ¿algún autor que consideres fundamental?

El inicio de la escritura está ligado en mi caso tanto a la traducción como al dibujo (desde el más tradicional y figurativo en tinta hasta el tachismo y la pintura con manchas a partir de materiales no convencionales). Durante aquellos primeros años de escritura hice exploraciones en los originales de la poesía surrealista (me refiero a los textos en francés, aunque nunca traduje del francés, diría) y la estadounidense, incluido el rock (en un sentido muy amplio). Esa formación autodidacta como escritor y traductor me permitió comenzar a pensar la escritura como un campo muy amplio (donde la palabra literatura queda chica), al que mucho después se le vino a sumar la dimensión de la edición (y la encuadernación, la gráfica, el diseño, etc.). La edición, concretamente, nace como la columna vertebral de un proyecto autosustentable de escritura, anterior incluso a Barba de Abejas. Hago la traducción de textos que no están disponibles en nuestra lengua de autores que me interesan a mí y que sospecho que interesarán a otros, o que yo mismo quiero versionar por diversos motivos; los edito, los encuaderno y los publico. ¿Maestros? Muchísimos, claro. Hay que leer todo lo que se pueda de la historia de la edición moderna, desde Aldo Manucio hasta hoy, y hablar con los editores contemporáneos (la Feria de Editores es un gran ámbito para eso, entre otras cosas), pero también es importante que el aprendizaje (del sentido) de la edición no sea solamente libresco, o académico: el ciclismo, la poesía, el remo, la pesca, Herzog, el diario, el viaje, el grabado, la carpintería, la ficción, caminar, la deriva por caminos rurales, cierta curiosidad por la flora y la fauna, etc., han sido todos para mí una gran casa de estudios sobre la edición (sobre la escritura, en definitiva, en ese sentido amplio en que yo utilizo la palabra). Hay un texto que para mí es el aleph de la edición: “El arte nuevo de hacer libros” de Ulises Carrión (próximamente en Barba de Abejas).

Hay autores que atribuyen sus inicios en la escritura a que, al leer ciertas historias, se quedaban de algún modo disconformes con lo que habían leído, entonces escribían para enmendar eso, para cambiar finales, para hacer su versión “mejorada” de ciertas obras. ¿Esa especie de sensibilidad u olfato es imprescindible en el caso de un editor?

Puede ser. Como escritor nunca pienso “Voy a escribir esto porque no se le ocurrió a nadie y va a causar cierto efecto”. Como traductor y editor sí que lo hago, a pequeñísima escala pero sí que pienso en poner el pie en terreno inexplorado. Calasso dice que con suerte un editor publica el 10% de lo que querría; en mi caso, encargándome de todo (traducción, edición, ilustración, encuadernación, prensa, venta, etc.), debe ser algo así como el 1%, pero no me quejo, porque ese 1% es ya suficiente para una vida editorial humana y además con libertad total, incluso para “fracasar”. Si la edición (escritura) no es algo más grande y profundo, algo como una forma de estar en el mundo que me toca, entonces no me interesa en lo más mínimo.

En un libro sobre edición hay un epígrafe de Thomas Fuller que dice: “La cultura ha progresado gracias principalmente a los libros que han producido pérdidas a sus editores”. ¿Qué pensás sobre esto? 

Acordaría con la idea general de esa frase, no así con la idea de progreso. Ahora bien, es muy diferente pensar eso desde el rol de escritor que desde el rol de editor. Melville tuvo su primera biografía 30 años después de muerto, y Moby-Dick no empieza a leerse profundamente sino hasta 100 años después de escrita. Cuando Thoreau murió todavía había ejemplares de Walden apilados en su altillo. No pienso que eso afecte mucho a los escritores después de todo, o al menos no debería; es como plantar un árbol cuando uno tiene ya cierta edad: sabe que la mayor parte de la sombra no es para el disfrute propio, y entonces se concentra en el hecho de plantar, de regar y de cuidar, de guiar si hace falta, y de aprovechar lo que da ese proceso en el mientras tanto. Para un editor, en cambio, y sobre todo para un editor industrial, puede ser una cuestión de vida o muerte en términos económicos. Lo que sí es cierto es que muchas de las escrituras que hoy valoramos especialmente fueron editadas y publicadas de manera artesanal, o a muy pequeña escala, o en unas condiciones sumamente precarias, y es algo cínico entonces que tanto autores como editores y hasta gobiernos alimenten, emulen, eduquen para y sueñen con la “industria editorial” de los grandes grupos concentrados de la edición (porque no son de ningún modo editoriales, aunque haya algunos buenos editores dentro). Ese cinismo es veneno, y si bien erradicarlo del todo es imposible, hay que hacer lo que cada uno tenga a la mano para disolver la dosis, lo que equivale a menguar su posición dominante en el mercado y en el campo cultural.

¿Cómo ves el mundo editorial en la Argentina hoy, con las políticas económicas impulsadas por el gobierno actual?

No hay dudas de que hoy atravesamos una crisis, tanto del poder adquisitivo de los lectores y como del campo cultural gubernamental en general, ya sea en cuanto al valor simbólico y el tipo de proyectos culturales que se quiere privilegiar, alimentar y ayudar como en cuanto al lenguaje como instrumento: este es un gobierno que en cultura no esconde su ideal empresarial, y que prioriza el valor del éxito por sobre los del esfuerzo, la diversidad o la in(ter)dependencia. Y después es cierto que hay además una serie de medidas del actual gobierno que atentan en parte contra la edición nacional. Ahora bien, el mundo editorial siempre atravesó las crisis, y lo hará también en esta. Las editoriales independientes van a adaptar (reducir) sus estructuras, planes de publicación y estrategias (de existencia, que pasarán a ser de supervivencia), y (confío en que) van a seguir adelante. Se van a fortalecer el circuito de ferias, los proyectos colaborativos, las estrategias comunes, etc. Qué va a pasar con las librerías, ese es otro tema, porque son las que siempre la tienen más difícil (es largo, pero creo que en parte se debe a que terminaron amoldándose demasiado a la “industria del libro” de la que hablé antes). Confío en que ya vendrán tiempos mejores, aunque advierto que tenemos que esperar que sean mejores que los últimos buenos tiempos que tuvimos, durante los cuales nunca terminó de cuajar la famosa ley del libro, la industria (soberana) del papel continuó siendo deficiente y (por lo que sé, porque no es un servicio que yo utilice) muchas imprentas invirtieron muy poco o nada en equipamiento mientras que los precios aumentaron constantemente.

¿Cómo te llevás con los libros digitales? ¿Te parecen un complemento, un estorbo, algo pasajero dentro de la industria editorial?

Me llevo muy bien con los libros digitales. Utilizo un dispositivo bastante a menudo, sobre todo cuando estoy traduciendo. De todas formas mi experiencia primordial de escritura y lectura “no meramente comunicacional” o de consulta se da en el papel. Estoy y elijo estar demasiado aferrado a la cultura de los cuadernos, los originales, las pruebas y los prototipos en papel, además de necesitar de la grafía manuscrita. Todas cosas, por cierto, que lo digital juega a borrar, además de ese “pecado” imperdonable que tiene de volver sociales y hasta espectaculares cosas que por definición son solitarias y silenciosas: lectura y escritura.

¿Cuál sería tu definición de “catálogo”?

Constelación de textos que hacen sentido (como dicen en Chile) en torno a la figura de una editorial o editor.

¿Por qué hay un libro descatalogado en la editorial? ¿Tiene que ver con algún inconveniente legal? (Te he escuchado decir, y creo que es casi como una “filosofía de editor”, una postura ante el sistema editorial tal como lo conocemos, que no prestás demasiada atención a las cuestiones “legales” a la hora de editar o traducir, y de hecho los libros de Barba de abejas salen sin ISBN).

Se trata de Rosa de Li-Young Lee. Una editorial española (cuyos libros no llegan al país más que a cuentagotas y de manera extraordinaria) que al parecer compró los derechos de otro libro del autor se mostró “preocupada” por las condiciones en que yo había editado y publicado la excelente traducción de Tom Maver. Como el libro fue publicado sin el consentimiento del autor, simplemente lo descatalogué para evitar posibles problemas en el futuro. De todas formas el libro circuló durante dos años, se dio a conocer a sí, al poeta en el ámbito de nuestra lengua y a la editorial a algunos de sus lectores, y eso ya estuvo bien. Estuvo muy bien mientras duró. Ningún problema en absoluto. En cuanto al ISBN, es una herramienta bastante inservible del mundo del libro industrial: punto.

El oficio de editar, como el de corregir, es casi invisible. Los lectores muchas veces desconocen todo lo que sucede con los textos antes de que los libros lleguen a sus manos. Pero acá queremos saber, si es que se puede: ¿cuál fue el trabajo más arduo que has encarado hasta el momento, en cuanto a la edición/publicación de un texto? ¿Y el que te generó más placer?

Primero, no estoy de acuerdo con esa noción de editor invisible, fantasma; por el contrario: creo en la figura del editor que se hace presente, que deja su marca y que es parte en cada libro, ya sea porque escribe un texto, porque es autor de un sistema de notas, porque la traducción es suya o, como en mi caso y en el de tantos otros editores artesanales, porque además se ocupa de la gráfica, el diseño, la encuadernación y la comunicación. La edición, para mí, se hace en estricta primera persona, porque la considero una capa más de autoría y, por lo tanto, de sentido; desaprovecharla en pos de una falsa humildad o modestia me parece un despropósito. Después, en cuanto al trabajo más arduo, quizás se trate de Caminos secundarios a pueblos lejanos de Matsuo Basho. En primer lugar porque la mía es una versión al español de la traducción al inglés que hicieron del japonés los enormísimos Cid Corman y Kamaike Susumu. Y no por una cuestión de que yo no crea que eso es posible, o incluso que la traducción de una traducción es una monstruosidad lingüística, como piensan algunos, sino porque se trata en definitiva de traducir a un escritor japonés del siglo XVII… Por otro lado, para ese libro decidí dos cosas inéditas hasta entonces en la historia de la editorial: ilustrar completamente el libro, que contiene casi 30 dibujos de estilo sumi-e, y diseñar una encuadernación especial además de las 3 que tiene todo libro del catálogo (rústica, cartoné y entelada), en este caso de tapas de madera de cedro con calado y lomo de tela. Afortunadamente, el libro es un “éxito” de 400 ejemplares en 5 años (alguien se va a reír, pero yo lo digo completamente en serio). Ahora bien, si hablamos del placer de editar, se trata de todos y cada uno de los 26 libros editados en estos 6 años.


Eric Schierloh (La Plata, 1981) es escritor, traductor y editor.  Publicó los libros Formas de humo (2006), Kilgore (2010), Donde termina el desierto (2012), Costamarina (2012), Los cueros (2014), Frío en las regiones equinocciales (2014), El mamut (2015), El maguey (2016), Troglodytes (2017), Por el camino de tierra (2017) y La mera tierra (2017). Ha traducido a Herman Melville, Henry David Thoreau, Theodore Enslin, D.H. Lawrence, Richard Brautigan y William S. Burroughs, entre otros. Dirige la editorial artesanal & hogareña Barba de Abejas.

 

© Fotografía: Lucas Herrera

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Florencia Lobo

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