El Dueño del fuego

http://www.excentrica.com.ar/wp-content/uploads/Pilcomayo.jpgEl Dueño del fuego

Cuento de Sylvia Iparraguirre de su libro El Invierno en las ciudades, en narrativa breve, Editorial Alfaguara (2003)

La mañana ya había empezado con un inconveniente. O por lo menos eso fue lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensó más tarde, al dejar la Facultad. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro de­jaban pasar a desgano esa ambigua clari­dad del invierno que obligaba a encender las lu­ces, a hablar sin levan­tar la voz, a no mirarse las caras. En un rincón del aula, el portero forcejeaba con la estufa a querosén. Los asistentes a la cla­se de etnolingüística de la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy ba­ja, cuando se oyó una detonación.

—¡Coño! —rezongó el portero, acuclillado junto a la estufa.

Los quemadores exhibían un mecherito desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con sonoras explo­siones intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora que acababa de tomar asiento tras el escritorio. El portero se levantó y di­jo:

—No hay caso, no funciona. Voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen.

El pronombre reflexivo o algo en el acento es­pañol del portero provocó discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase, Len­gua y cultura del Chaco argentino, debía co­menzar en unos minutos. Se contaba con la información de un in­dígena: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba desde Villa Insupera­ble, el trayecto le llevaba poco más de una hora.

A las diez y media en punto, Romero apareció en la puerta del aula. Era bajo y corpulento con una convencionalmente inexpresiva

cara de indio. Usaba el pelo, renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Llevaba me­dias y alpargatas; su aspecto era muy pulcro. Murmuró un saludo en general y se diri­gió a su asiento, a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en griego y español, la leyenda: “El hombre es la medida de todas las cosas”. La doctora salió del aula. Cuando volvió a entrar, escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era, definitivamen­te, la doctora y profesora Brigitta Inge Dussel­dorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguis­tiche indizien des Kurtunwandels in Nordost­-Neuquinea (Munchen, 1965) había impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Kon­kista-Zeit (Mainz, 1969), era fervientemente cita­do por los alumnos de la Facultad, quienes aspiraban a desentrañar algún día sus profundos con­ceptos. La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La clase la miraba, expectante; la universidad argentina se conmovía con su pre­sencia. El portero, con la estufa encendida colgando de una mano, un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro.

—Gracias —dijo al portero en correctísimo castellano—. Puede retirarse.

Los alumnos se acomodaron en sus asientos; el an­tropólogo, también. La clase comenzaba casi a horario.

—La clase anterior —dijo la doctora, a quien le gustaba ir directamente al punto—, habíamos lle­gado hasta los paradigmas de caza y pesca, armas e im­plementos, ¿verdad?

Menos Romero, todos en el aula dieron cabezadas afirmativas.

—Bien, hoy no usaremos cintas grabadas —di­jo la doctora—. Vamos a retomar con el propio in­formante el área correspondiente a pesca. Por favor, señor Marcelino, ¿cómo se dice “pescar”.

El indio los miró, después miró inexpresiva­mente la pared y dijo:

—Sokoenagan.

—Muy bien. Así que esto es “pescar”.  —La doctora lo anotó en el pizarrón.

El indio sacudió la cabeza.

—No —dijo—. Yo voy a pescar.

—Ah, bien, la primera persona verbal del singular. Enton­ces, usted va a pescar —lo señaló, pero el indio no dijo nada—. Bien, pero ¿cómo se dice “pes­car”?, solamente eso.

—Sokoenagan —dijo el indio.

La doctora quedó con la tiza en alto.

—Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos “él pesca”?

—Niemayé-rokoenagan —dijo el indio.

—Perfectamente —expresó la doctora, y se explayó en consideraciones morfofonéticas.

Durante los si­guientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.

—Recapitulemos —dijo, al fin, la doctora—. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan; tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-ro­koenagan. Adviertan que existe una glotalización con valor dis­tintivo en…

El indio decía que no con la cabeza. Dejaba entrever que lo recapitulado no era correcto.

—¿Cómo? —exclamó la doctora frunciendo el ceño.

—Está sentado, todavía no fue —dijo Romero.

Se hizo un breve silencio.

—Un tiempo continuo, entonces,  o un elemento espacial en la conjugación —avisó la doctora a la clase—. Explíquese —dijo severamente al toba—. Por un momento pareció que iba a agregar “buen hombre”, pero no fue así.

—Está sentado, todavía no fue a pescar. Está pensando —dijo el indígena—, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.

Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no parecía facilitar las cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la oportu­nidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.

—¿Podrá ser, doctora, tal vez, un subsistema de pre­sencia/ausencia del objeto de referencia?

—No creo que sea el caso —replicó, con frialdad, la doctora.

El antropólogo, joven, pálido, de traje y bu­fanda, con experiencia de campo, intervino:

—Permítame, doctora —era un hombre que sabía manejarse con los indios—. ¿Qué querés de­cir cuando decís que lo estás viendo cerca, Marcelino? —el antropólogo tuteaba al toba, aunque debía te­ner veinte años menos.

La doctora aprobó con una inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.

—Si no lo veo, digo de una manera distinta —dijo Marcelino Romero. Y agregó: —Pero no pesca; va a ir a pescar.

Se escuchó un suspiro de alivio general. El antro­pólogo daba explicaciones a unas alumnas senta­das a su alrededor. Fumaba elegantemente. Co­nocía al detalle las últimas corrientes teóricas; en privado, añoraba la época de la Antropología clásica y soñaba con reeditar a alguno de aquellos refina­dos y eruditos dandies ingleses, capaces de inter­narse en lo más profundo y salvaje de la jungla o del desierto sin perder el estilo, todo por la ciencia. Él mismo ya había estado en el monte indómito del Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había tra­bajado con lenguajes artificiales, estadísticas y computadoras. Los murmullos se generalizaron.

—Muy bien, Marcelino —dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio.

La clase continuó. Romero permanecía senta­do, inmóvil; la espalda, recta, no tocaba el res­paldo de la silla.

—Pasemos a la caza —dijo la doctora, acomo­dándose los anteojos.

El antropólogo sintió que nue­vamente le correspondía tomar la palabra.

—Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Mar­celino?

—Sí —dijo el indio.

—¿Había algún rito… —el antropólogo titu­beó—, quiero decir, alguna reunión, alguna cere­monia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?

—No —dijo Romero, y miró vagamente a su al­rededor.

Se produjo otra vez un evidente desconcierto. La doctora in­tervino. Manifestó su interés en preguntar exclusivamente sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo por completo de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiera formular la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía con­traer por maleficio del animal perseguido. Él se había enfermado de ese modo, por maleficio, cuando era un chico. La ciudad se pare­cía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Re­cordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo ha­cerlo. Pero él, con los años, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse, porque se había peleado con el capataz, que era paraguayo, y les daba trabajo nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.

Aunque dicha en voz baja, la última palabra resonó extraña en el aula. Los presentes miraron al toba como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empeza­ran a descubrir en é1 una cualidad antes no percibida, un atributo inesperado; en el aire flotaba una observación notable: ese indígena era argentino.

—Me fui un domingo a hablarle —proseguía el toba. No había variado la actitud y su mirada permanecía fija en el suelo—. Y me pelié. Traba­jábamos toda la semana, no había domingo.

Estudiando su cuaderno de notas, la doctora lo interrumpió:

—Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción cultu­ral. —Miró al antropólogo, que acudió otra vez en su auxilio.

—Está bien, Marcelino —concedió el antropólogo con cierta advertencia en el tono de voz; tenía experiencia de campo, había estado en el Impenetrable y sabía cómo hablar con los indios—, está muy bien —ahora parecía diri­girse a una criatura—, pero queremos que nos cuentes de cuando ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías die­ciocho años cuando te viniste del Chaco.

—Sí, me vine —dijo el indio—. Yo no quise en­trar en la transculturación —como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclina­ron; se tomó nota de esta palabra tan correcta­mente asimilada por el toba—. Yo reboté porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los va­gones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmi­grantes; pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados.

La clase estaba en suspenso. La doctora, im­paciente, miró al indio y dijo con tono autorita­rio:

—Vamos a continuar con implementos y ar­mas, pero antes probaremos con dos palabras para retomar la parte fonética —miró otra vez al toba—. ¿Cómo se dice “pez”?

Romero suspiró y, por primera vez, se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. El gesto no pareció oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora.

—Naiaq —dijo.

—Bien, entonces podríamos establecer: sokoe­nagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que hay dos nasales en contacto —advirtió con algo que podía parecerse al entusiasmo, la doctora — lo que produce…

—Si el pez está ahí y yo lo veo, sí —interrumpió el indio—, si no, no. —Todos lo miraron—. Hay otra forma —concluyó, finalmente, el toba.

—¿Cuál? —preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de los enormes anteojos.

—Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak —dijo el indio.

Algunos de los presentes creyeron ad­vertir una sombra de sonrisa en la cara pétrea, pero los ojos estaban serios y fijos.

—Parece que el informante no está bien dis­puesto hoy para la parte lingüística. Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y arrmas —dijo la doctora, marcando tremendamen­te las erres.

La clase en pleno se relajó. Sería lo mejor. Todos se daban cuenta de que la doctora esta­ba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna subía a la superficie. El in­formante debía colaborar, de otro modo era im­posible organizar adecuadamente la parte fonética.

—¿Un merecido receso, doctora? —dijo, sonriente, el antropólogo.

Todos rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólo­go y la doctora se retiraron a un rincón, a ha­blar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indígena, que permanecía sentado en su silla.

—Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día.

Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de la silla. Cada tanto, un rápido parpadeo era lo único que le modificaba la expresión.

—Así que la ciudad no te gusta —le dijo uno de los estudiantes—, pero vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no, Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.

Romero dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo:

—Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad.

Diez minutos más tarde, el antropólogo gol­peaba las manos con soltura académica.

—Continuamos —dijo.

Mientras los alumnos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de di­ferentes tamaños y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.

—Bueno, Marcelino —el antropólogo se colo­có frente al toba—, ¿reconocés estos elemen­tos, estas armas…? —sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio—. Desde la silla, el to­ba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos el arco. Bajó la mano.

—Sí —dijo—, sí.

—¿Alguno te llama la atención en forma especial? —continuó preguntando el antropólogo.

El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el extremo.

—Ésta es una flecha para pescar.

—Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía todas es­tas cosas guardadas en su casa.

De repente, el indio se puso de pie y se incli­nó sobre el antropólogo. Todos se sorprendieron y el primero fue el antropólogo, que dio un brusco paso atrás. El toba le habló en voz baja.

—Por supuesto, Marcelino —el antropólogo intentaba reír—, por supuesto.

—Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco —informó a la clase.

Se oyeron unas risas aisladas, de compromiso. La doctora, completamente seria, anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del toba, el arco de­jó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo reco­rrían parte por parte. No había ninguna afecta­ción en ese reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas.

—Ésta es de caza —dijo sin dirigirse a nadie.

Paradójicamente, se veía mucho más corpulento sin el saco. El cuello y los hombros eran pode­rosos. En la frente, inclinada para observar me­jor los objetos, se marcaba una vena desde el en­trecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo mi­raban con curiosidad. No parecía el mismo hombre que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas de la doctora.

—Y ésta es la de guerra. —Al decirlo, el indio miró al antropólogo. La fle­cha que sostenía era la más grande, con un pe­nacho de plumas de colores en el extremo. —Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos —miró otra vez al antro­pólogo y después a todos—. Antes de que el antro­pólogo hablara, dijo:— Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a las tierras del indio.

Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No podía decirse que estuviera haciendo nada inapropiado, pero algo había en su manera de pararse y de sostener el ar­co que sobrepasaba los límites de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo obser­vaba. Trataba de aparentar interés pero era evi­dente que estaba algo desconcertado e incómodo.

Con una destreza sorprendente, el toba tensó la cuerda suelta y la amarró al extremo del arco. Los ojos de la clase estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se pintó en las caras. En realidad, na­die conocía bien a ese indio. Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmen­te oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó:

—Cómo se dice “flecha”, Marcelino.

El indio levantó bruscamente la cabeza.

—Hichqená —dijo.

—Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que…

El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo, renegrido y duro —de tipo mongol, pensó automáticamente el antropólogo—, se había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura alrededor de la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta entonces —en las clases anteriores el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla— se transmitió de su cuerpo, estableciendo una fuerza re­cíproca entre su brazo y la tensión del arco, una potencia masculina que fasti­dió especialmente a la doctora Dusseldorff, ha­bituada a las jerarquías asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:

—Kal’lok —y repitió más fuerte—, Kal’lok.

Nadie anotaba ya las palabras. Con una agi­lidad que dejó a todos en suspenso, el indio se agachó y tomó una flecha apoyada contra la silla, la más larga, la de guerra, con el penacho de plumas. La doctora había dejado el cuaderno de notas sobre el escritorio. El antropólogo se levantó de la silla. Estaba algo pálido.

—Creo que no es necesario… —empezó a decir.

—¡Ena…! ¡Ená…! ¡Peritnalik! —la voz profun­da del toba rebotó en las paredes.

Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha en el arco y tensaba la cuerda al máximo. Había quedado de perfil a la clase, un brazo extendido, el otro codo alzado, y en esa actitud era muy fá­cil imaginar su torso desnudo como en un sobre relieve. La flecha ocupaba, exacta, el vacío de la tensión. La punta alcanzó la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta.

—Hanak ená ña’alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé habiák… —murmuró la voz ronca del indio—.

Estaba inmó­vil. Sólo su torso describió, lentamente, un semicírculo que abarcó toda la clase. Algunas ca­bezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían adelante; un cuaderno cayó al piso. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.

—Kal’lok —dijo el indio.

El silencio pesó como una losa.

El toba bajó, despacio, los brazos y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiró el saco y se lo colgó del antebrazo.

El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hu­bo carraspeos, alumnos que se inclinaban bus­cando en el suelo sus cuadernos de notas, algu­nas toses aisladas. El antropólogo, todavía tenso, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio.

—Perfectamente, Marcelino, perfectamente —dijo.

El gesto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba averiguar quién había tomado notas. No se sabía si la doctora tenía el grabador encendido. Recorrió el aula la in­formación de que lo dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como “…el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva…” y también algo más, pero no se podía asegurar.

Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó casi sin mirarlo.

El antropólogo y la doctora Dusseldorff salie­ron enseguida. La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición era un pilar fundamental para los fines científicos.

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