El poema como estampa del entorno

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La editorial el suri porfiado continúa publicando libros de poesía, con una lógica que se sustenta en las producciones regionales, y todos los años amplía y consolida su cuidado catálogo. Esta nota presenta el prólogo y una selección de textos que sirve como anticipo del volumen Después de la ceniza, de la poeta Marisa Martínez Pérsico.

En la escritura de Marisa Martínez Pérsico conviven varias tradiciones y se entrecruzan distintas tipologías culturales, además de sobresalir una poética trashumante, que resalta el valor del instante y le otorga anclaje a las preguntas milenarias de la humanidad. En el acto de lectura cada escritor, ensayista y lector resignificará una poesía plena de matices, profunda como el amor de dos seres y en estado de emergencia o tensión como se vive (o sobrevive) en la actualidad.

Tanto Charles Baudelaire como Walter Benjamin plantearon ante la irrupción de la ciudad moderna un modo de transitarla. El filósofo alemán influenciado por el poeta francés propone el flâneur como figura emblemática de ese nuevo modo de aprehender el paisaje urbano. Martínez Pérsico escribe “voy sola/ a observar a los otros”. Pero no solo observa a los otros, también a ella misma (“nadie puede escaparse de sí mismo”), y tiene como sostén el mapa de los recorridos que quedan patentados en sus poemas. Esa Poética ambulante anticipatoria (2003) se encarna en una poética de la errancia, trashumante, que se funda en el desarraigo pero que crea significados: “vagar por todas las ciudades”, “ir mudándose/ a otro sitio”, “rodar distritos”.

El tiempo se transforma bajo la incidencia simbólica de la poeta. Podríamos pensar en el tiempo-ahora benjaminiano, en la filosofía del instante de Gastón Bachelard, cuando el autor de La poética del espacio resalta que “el tiempo solo tiene una realidad, la del instante”. El instante en que la poeta tiene la visión, en que las imágenes trasuntan al poema, sujetando la revelación o epifanía por medio de las palabras; por eso “el territorio es relato”, tal como señala Paul Zumthor. Se apela como ejemplo la cita de lugares en los poemas: Procida, Sant’Elmo, Belgrado, Salamanca, Roma, Ljubljana, Bosnia, Herzegovina, Mostar, Markale, Sarajevo. Asimismo, las referencias balcánicas representan una muestra de las incidencias del viaje (real o imaginario), un caleidoscopio de sucesos que son condensados en el poema y que la misma poeta ha denominado “estampas del entorno”. Aun así, para que esta percepción transcrita a signos sea una poesía completa, necesita del otro, de esa otredad amorosa que queda patentada en varios de los poemas de distintos libros: “No conozco este mundo/ sin que tú lo percibas”, y agrega: “De todos los rincones del planeta elijo tu hombro”.

Más allá de las estratificaciones y jerarquías que han impuesto la revolución industrial y la modernidad, la palabra es el centro de todo (el orden del discurso), y se sostiene frente a la imposición de la cultura de las imágenes, de los universos digitales de internet, de la RV (la realidad virtual), en donde se podrán ampliar y superar los límites con los que disputa el cuerpo real, la liberación de su discontinuidad. A la poeta Martínez Pérsico no se le escapa esta transformación del mundo, y por eso en su obra van a recalar los formatos con los que tratan cotidianamente hombres y mujeres: “…le manda por WhatsApp la tapa de un poemario…”, “…insiste en saludarla a medianoche/ por una red social. Y no se rinde/ ni con fútbol en televisión abierta”, “…eligen un Samsung Galaxy/ importado de Alemania,/ con tecnología surcoreana”, “Cogerás tu teléfono del bolso./ Será inmortal la rosa,/ finalmente,/ atrapada en un pixel/ de ©Instagram”; sin olvidar la cita de la película futurista Blade Runner: “La luz que brilla con el doble de intensidad/ dura la mitad del tiempo”.

El poeta francés Paul Claudel ha dicho que “Poeta es el que nombra”. Considerando esa acepción también podría reponerse la idea de Lacan en donde expresa que “La palabra es el asesinato de la cosa”; es decir, relacionando los enunciados citados tendríamos como resultante que el poeta al nombrar a través de la pala­bra estaría destruyendo el objeto sobre el que poetiza. Justamente el poeta Juan Gelman ha señalado que “el poema es palabra calcinada”, es el resto que queda de lo pensado, de lo entrevisto, de la idea primera de lo que será el poema. Esta palabra calcinada gelmaniana dialoga con el título del libro de Marisa Martínez Pérsico, Después de la ceniza; porque el poema quema (al creador y al lector) como aquella afirmación hecha por Dionisio: “el arte es el ardor del alma”. Es una llama que arde en el tiempo, porque como afirmara Octavio Paz “la poesía es tiempo y arde”; ese después de la ceniza, esa palabra calcinada, es la poesía que nos dona Martínez Pérsico.

Estas apreciaciones intentan ser el pórtico de una antología que cruza varios libros con varios registros estilísticos de Marisa Martínez Pérsico, interpretando en su producción poética el nexo entre las creaciones residuales y las contemporáneas como instancia germinadora (poiesis) de símbolos emergentes y como una praxis necesaria ante el intenso trajín cotidiano que sufren las palabras.

Sergio De Matteo. Santa Rosa de Toay, 21 de junio de 2017

 

SELECCIÓN POÉTICA

“Dunav Sava”

Pasan los pinos azules de Belgrado.

Desde su último invierno,
a través del ramaje de otra lengua,
me saluda mi padre.

No habré cambiado mucho en estos años,
más allá de una hija
cuya vida no acertó a murmurar.

Debajo del collar de las bocinas,
por el vidrio que esboza un pentagrama,
el ayer es un libro que comienza.

Quién dijera:
convocar dos recuerdos que no pueden hablarse
en mi mesa de tres del pensamiento.

El viajero de enfrente me sonríe,
por sus ojos desfilan memorias del futuro.

Mi hija observa, también, por la ventana.
En qué distante mundo
se ha sentado a evocarme
mientras mira los pinos de otro cielo
que transcurren,
copiosos de avutardas.

Hemos llegado a la estación. Se desvanece
el coloquio familiar. Nada es distinto.

Tal vez lo que importa del paisaje
es merecer un asiento en la memoria
de alguien que nos quiso
cuando estamos ausentes.

 

“Francotiradores de Sarajevo”

¿Por qué no vamos
de vacaciones a Bosnia?
Ha sido tu pregunta
de estos años.

Hojeabas la revista Bell’Europa
y andabas por la casa
con un cuadro
del antiguo cementerio judío.

En la foto de la tienda
que reza Cvjecara
las flores germinan en la roca
a través de los impactos
de mortero.

Hay orquídeas en venta,
para los amantes
y los muertos, me decías.

¿Por qué no organizar
un viaje a Herzegovina,
este verano?

Estabas triste a destiempo.

Por entonces
eras solo un muchacho
de familia opulenta
que franqueaba el confín
de los Balcanes
por tumbarse en las playas
sin bombas del Egeo.

Pero es fácil ser lírico
con la tragedia ajena.

Pavonearse entre los símbolos
con temas prestados
sin usar las rodillas
como patas de perro
por burlar a los maquis
del Bulevar Selimovica.

¿Por qué no vamos a Mostar,
aunque sea unos días?

Yo tenía trece años.
El padre de mi amiga
amanecía pegado
a una emisora europea
para oír del asedio,
de su hermano en Markale,
de esa Miss Universo
coronada en un sótano.

Yo escuchaba The Cult
en la otra sala.

La pureza no duele
cuando el mal no nos toca.
Después de Sarajevo
no es posible mirar una criatura
sin vendarse los ojos.

No volviste a insistir.
La llevarás, ahora, de la mano
al osario de tórtolas
del cuadro.

Y todo está en su sitio,
amor,
no te disculpes.

Yo tendré otras montañas.

 

“Desarraigo”

Aquí me rindo, tendida a tu derecha.
De todos los rincones del planeta elijo tu hombro,
sin más norte que el sur de mis recuerdos
a pesar de esos pájaros de leche
que me arrojan de fauces al futuro
como se echa una piedra
en un estanque sin fondo.

 

“Poema al 12 de octubre que ya no es”

Me tiene bastante harta
el jaleo que se monta
cada 12 de octubre.

A ambos lados del Atlántico
volvemos a 1492
como si fuéramos los hijos de Pizarro
o los del inca Huayna-Capac.

Yo me pregunto qué queda
de ese mundo.

A muchos europeos
les renace un complejo anacrónico de culpa
y te miran con cara de yo nunca violé a una india,
hay que reivindicar a los pueblos originarios,
yo no tuve nada que ver.

Sus pares del Nuevo Continente
se sienten víctimas retroactivas de sus antepasados
después de 105 generaciones
y en vez de plumas en la cabeza
o boleadoras de cuero
usan un Samsung Galaxy
importado de Alemania,
con tecnología surcoreana.

A unos se les despiertan
los furores independentistas.
A otros, la melancolía de las colonias.

Una profesora de pensamiento latinoamericano
que leía a Frantz Fanon en el Roca
(vaya nombre de tren
donde leer Los condenados de la tierra)
me pregunta: ¿te fuiste a estudiar a Salamanca?
como queriendo decir te has pasado al enemigo.
Y prepara sus clases
al mejor estilo del enciclopedismo francés,
enseña el abecé del postestructuralismo,
y evita recordar que el Padre de la Patria,
el Belgrano de blasón albiceleste
estudió Derecho en 1786
en territorio castellanoleonés.

A otros les reviven las nostalgias imperialistas
y te dan consejillos paternales, del tipo:
el habla rioplatense es sexy
aunque Castilla es la cuna del idioma.
En el fondo te quieren decir:
Nebrija publicó la primera Gramática castellana
el mismo año del Descubrimiento de América,
los jesuitas no habrán hecho una buena misión,
mejor ponte a leer a Rafael Lapesa.

No se trata de fagocitar culturas
pero tampoco ser
la paradoja viviente.

Arde la realidad de penas acuciantes
para ir cantando
las fugas de virreyes.

Oh, padre Walter Benjamin,
el discurso del resentimiento
ha heredado el discurso del poder
y habla por otro,
–Oh, padre, Mijail Bajtin–
mal que le pese.

Después de cinco siglos,
el reloj marca la hora,
Oh, Dios Huitzilopochtli,
de indagar horizontes
con los ojos delante.

 

“Instarose”

La rosa que vio Horacio.

La rosa que eras tú, mujer, perdida
en la insondable maraña de los siglos.
Nombre mudo, ramillete
de polvo en la niebla inexorable.

La rosa emancipada del otoño
que soñaba un Adán de vecindario.

Cándida rosa no sin dura espina.
Cerco mustio de agujas contra el muro,
reloj impostergable,
viento helado.
Cuatro letras por pétalos
la rosa es una rosa es una rosa
cuando acaba el lenguaje de morir.

Perfil en flor, rosa celeste, flor desnuda.
Las vio crecer, paciente, Funes,
en el fértil vergel de su memoria.

Ninguno se atrevió a inventarles otra edad.

¿Qué harás, apenas la recibas, esta noche?

Cogerás tu teléfono del bolso.
Será inmortal la rosa,
finalmente,
atrapada en un píxel
de Instagram.

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Descripción del Autor

Sergio De Matteo

Sergio De Matteo

(Santa Rosa, La Pampa, 1969). Poeta, ensayista y periodista cultural. Ha publicado las plaquetas Soles violentos (1995); Absurdo / Absoluto (1996); y los libros Ozono (1997); Criatura de mediación (2005); El prójimo: pieza maestra de mi universo (FEP, 2006) y Diario de navegación (2007). Es presidente de la Asociación Pampeana de Escritores y dirige el programa radial “El estado de las cosas”.

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