“La última nevada”, un cuento de Marcelo Gobbo

http://www.excentrica.com.ar/wp-content/uploads/Gobbo-2.jpg“La última nevada”, un cuento de Marcelo Gobbo

“La última nevada”, cuento inédito del escritor y poeta Marcelo Gobbo (Buenos Aires, 1966), fue el trabajo ganador en la categoría relato de la LXXVIII Edición de los Juegos Florales Hispanoamericanos (2015), el certamen literario más importante de Guatemala y uno de los de más trayectoria en América Latina.

Tenemos el honor de compartirlo completo, a continuación, por cortesía del autor y de la Municipalidad de Quetzaltenango, Guatemala.

 

LA ÚLTIMA NEVADA

 

―La cuestión fue así. ¿Viste que los yanquis usan letras para designar las notas, los acordes? Usan A para La, G para Sol, C para Do… Bueno. Durante un año, más o menos, la policía de Missouri fue encontrando cadáveres, apenas ocultos en distintos lugares de la ruta 70, entre Kansas City y Saint Louis. Cuatro, para ser exactos. Los cuatro compartían unas marcas en las muñecas y los tobillos y todos habían muerto desangrados por un corte en el cuello. Las marcas y el corte del cuello, fueron descubriendo los forenses, habían sido hechas con una cuerda para guitarra eléctrica.

Aquí Domingo hizo una pausa y me miró la mano. No terminaba de recobrar el aliento. Sin embargo, continuó.

―Al descubrir el cuarto cadáver, la policía se vio obligada a hacer público el hallazgo. Ocultando algunos datos, por supuesto, para evitar eso que ellos llaman copycats…

―Los que copian los modus operandi de otros ―lo interrumpí.

―Tal cual ―me dijo, y de inmediato vino a mi memoria ese latiguillo escuchado un centenar de veces de su boca, instalándose en mis oídos a través del parlantito de la radio, subrepticiamente, mientras preparaba el desayuno y prestaba atención a sus comentarios sobre música; mi programa de radio favorito con la mejor música que, en ese instante me percaté de eso, nunca más volvería a escuchar―. La cuestión es que la policía hizo público el hallazgo y, como suele hacerse en esos casos, pidió la colaboración de los ciudadanos.

Domingo miró hacia algún lugar lejano, perdido, aunque pareció mirar sobre mi cabeza. Luego continuó.

―Creo no equivocarme: los nombres de las víctimas eran Lena Bag, Sylvia Fedba, Ronald Deade y Michelle Bageda. Te das cuenta, ¿no? Ningún Smith, ningún Berg, ningún Walsh, ningún Gold, menos todavía un Rossi o un Pérez, que es lo mismo.

Asentí con la cabeza.

―Un mes después ―prosiguió―, la policía encontró el cuerpo de un hombre que, después se dieron cuenta, en orden estrictamente cronológico, había sido la segunda víctima, un tal Elmer Gada. Al mismo tiempo, apareció otro cadáver; esta vez fue un latino: Manuel Cebade. Y entonces recibieron la llamada.

Como si fuera la primera vez que me contara la historia, sentí esa excitación que, cuando niño, me provocaban las historias de muertos y aparecidos contadas entre primos en la sobremesa de alguna reunión familiar. Domingo ya me la había contado en unos de los miles de viajes de colectivos compartidos entre la Vega y el centro, pero en ese instante sentí que estaba contándomela por primera vez y como un niño al que le narran un cuento cuyo final conoce pero ansía que se lo repitan, pregunté:

―¿Qué llamada?

―La del profesor de música ¬―me respondió Domingo―, un muchacho que daba clases en Columbia y que había asistido a un concierto en la universidad de su ciudad una semana antes del hallazgo del último cadáver.

Aquí Domingo hizo otra pausa y metió las manos en el bolsillo de la campera. Había empezado a refrescar. Giré la cabeza: la chimenea humeante señalaba la ubicación de la casa de Wood.

―El profesor les dijo a los policías que creía que existía un patrón musical en la selección de las víctimas ―continuó Domingo―. Les explicó que venía siguiendo la noticia y que, después del último hallazgo, y tras haber asistido al concierto, creía tener algo para aportar. Les señaló que tenía que ver con una cuestión musical. La policía, advertida por la cuerda de la guitarra eléctrica, prestó atención al dato y mandó a un oficial a hablar con él.

»El asunto era así: por las manos del profesor pasaban las partituras de todos los compositores que presentaban sus obras en la Universidad, o al menos de los que lograban que allí se interpretaran. Había escuchado el primer llamado a la ciudadanía mientras estudiaba una de esas partituras y le había llamado la atención que el apellido de la última víctima encontrada, Bageda, coincidía con la sucesión de acordes de esa partitura que estaba estudiando, pero no le había dado importancia.

Domingo volvió a detenerse, aspiró una bocanada de aire y me interrogó:

―¿Entendés no? Bageda. BAGEDA. Si, La, Sol, Mi, Re, La ―dijo, remarcando cada letra y cada sílaba.

―Sí ―le contesté con una sonrisa.

―Y entonces les contó lo del concierto. Les explicó que en la obra de aquel mismo compositor cuya partitura había estudiado y que se había interpretado unas semanas antes en la Universidad, la sucesión de acordes coincidía con las letras del apellido del último cadáver encontrado. Cebade: Do, Mi, Si, La, Re, Mi.

»El oficial le preguntó si existía la posibilidad de que revisara partituras más antiguas para verificar que la sucesión tonal de otras composiciones se correspondieran con los apellidos de las otras víctimas. Bah, no lo dijo en esas palabras pero en síntesis le pidió eso.

»Unos días más tarde, el profesor llamó al oficial para decirle que tenían que encontrarse, que había dado con la solución al enigma. Efectivamente, acertó a registrar los apellidos de todas las víctimas en la sucesión de acordes que figuraban en distintas partituras del mismo compositor.

»Unos días después, daban con el “asesino de la segunda cuerda”, como lo llamaron entonces, gracias a las obras que había compuesto.

―Pero la historia no termina ahí ―le acoté.

Domingo frunció la boca y, mientras aspiraba aire profundamente por la nariz, movió la cabeza como si se lamentara.

―Es cierto. Hay dos datos más, ambos interesantes.

»Por un lado, el profesor indicó a la policía que, a partir del análisis de las partituras, había, por lo menos, dos víctimas más. Les explicó que el serial killer composer, tal como lo llamó el muchacho ante la prensa, trabajaba en series de dos, no solo por cantidad de acordes en el apellido sino, también, por género, y que, por ende, antes de Lena Bag a la policía le faltaba hallar los restos de un tal Fed y, luego de Fed y antes de Elmer Gada, lo que quedara de una tal Bafa. ¿Será peor si me siento?

Tan absorto estaba yo en el relato que me sorprendió la pregunta.

―Se le va a congelar el culo.

Sin hacerme caso, Domingo se sentó sobre la nieve.

―Por el otro, simultáneamente con la detención del asesino de la segunda cuerda, la policía encontró otro cadáver, el de Abe Le Beage.

»Este último hallazgo les traía varias complicaciones. En primer lugar, se trataba de la primera transexual que había sido elegida como víctima. En segundo lugar, tal como lo señaló el profesor-detective, existía una sucesión de acordes tanto en su nombre como en su apellido: A-B-E y B-E-A-G-E. El profesor no pudo dar con ninguna partitura que presentase esas sucesiones armónicas. Y, por último, esta nueva víctima solo presentaba marcas en el cuello.

»Luego de ser declarado demente por la defensa, el asesino de la segunda cuerda aceptó los cargos por todos los asesinatos excepto el de Abe Le Beage. Aún hoy niega haber asesinado a la travesti.

»Durante este último año, dos teorías han ganado mayor peso en opinión de los especialistas: a) que ese último cadáver fue víctima de un copycat y b), que Abe Le Beage fue asesinada por el mismísimo profesor, el muchacho que ayudó a la policía. Por supuesto, hasta ahora, ninguna de las dos teorías pudo ser comprobada.

―¿Y a usted cuál le cierra mejor? ―le pregunté.

―La verdad es que me da lo mismo. Lo único que siempre me interesó de esa historia fue el vínculo entre crimen y música, la curiosidad de un profesor de música devenido detective.

―Y tal vez asesino…

―Posible pero nunca probado ―acotó, con un dejo de tristeza, e hizo una pausa. Miró en dirección al Lanín, cuya lejana cumbre parecía encenderse como una brasa con la luz del crepúsculo. Y después, como si no estuviese cambiando de tema, dijo: ―. Pronto va a nevar. ¿Notaste cómo en el silencio de la nieve se deslizan los sonidos que nos devuelven a la vida?

A lo lejos escuché una frenada y estiré el cuello. Cientos de metros más abajo, unos rollizos prolijamente apilados cruzaron sobre las copas de unas araucarias y desaparecieron de mi vista en dos o tres segundos. Supuse que allí debía estar la ruta; más precisamente, una curva en la ruta, y que aquello había sido el acoplado de un camión que se dirigía a Junín o más allá. ¿Por qué no correr hasta allá, correr cuesta abajo reventando el aire, exigiéndole lo imposible a esas extremidades que me salían del tronco como protuberancias ajenas, como fláccidos parásitos adheridos a esa superficie de carne que revestía mi columna vertebral, o rodar hasta allá, sin temerle a las rocas, los troncos caídos, los arbustos, o incluso arrastrarme hasta ese lugar donde asfalto y amnesia podían ser lo mismo, llegar allí para llegar más allá, a otro sitio, a otro nombre donde fuese posible recomponerme? ¿Por qué no hacerlo aunque en ello dejara el último aliento, se me acalambraran todos los músculos, perdiera todo lo que todavía creía tener? ¿Por qué no podía dejar a Domingo ahí, sentado sobre la nieve, y olvidarme de todo?

Durante varios meses, Domingo había sido para mí “el Hombre-eco”. Al menos así me refería a él en las charlas de sobremesa, en casa. Coincidíamos en la parada de colectivo, temprano por la mañana.

―Buen día ―le decía, acompañando la frase con una leve inclinación de cabeza.

―A ―me respondía, sin mirarme, siempre con la cara cubierta por un pañuelo hasta la base de los ojos y un gorro de lana multicolor.

Luego esperábamos en silencio, dos o diez minutos, que el colectivo nos recogiera. A veces yo lo miraba sin que él se diera cuenta, simulando interés por la nieve que caía sobre la ruta y preguntándome desde dónde vendría. Vestía siempre una campera verde que en la parte de atrás llevaba abrochada una capucha que, a menudo, cargaba nieve acumulada, seguramente, en el trayecto desde su casa hasta la parada. Las botas también eran siempre las mismas, de goma negra y con barro adherido a la suela y en los costados; los días de nevada se le blanqueaban los empeines. Mientras aguardaba, permanecía quieto en la banquina, a dos o tres pasos de la rudimentaria construcción de madera bajo la que yo permanecía con la esperanza de no sentir tanto frío. Cuando soplaba un viento helado, se pasaba las manos por los antebrazos, masajeándose con fuerza. Jamás lo vi usar guantes. Cuando el colectivo llegaba, él subía primero y le daba el billete al chofer, quien de inmediato le entregaba el boleto, sin mediar palabra alguna entre ambos. Una vez arriba, él se ubicaba cerca de la puerta delantera y yo me escabullía entre la gente hacia el fondo, imaginando que la nieve en la capucha del Hombre-eco se derretía y un hilo de agua le caía por la espalda hasta formar un charco bajo las botas negras.

Cuatro meses más tarde, una mañana de inusitado sol, se había quebrado la rutina del Buendía-A.

―¡Buen día, por fin llegó la primavera! ―le había soltado, sin darle tiempo a que hiciera de eco.

―No crea ― me había contestado y, de inmediato, me miró, para luego bajarse el pañuelo de la cara y sonreírme amablemente―. El servicio meteorológico anunció ayer que las condiciones climáticas variaban solo por hoy. Mañana vuelve el frío, seguro. No hay que descuidarse: no es lo mismo un calorcito que un verano. Hay que saber separar la paja del ojo ajeno.

Sorprendido por la inesperada verborragia me había animado a corregirle:

―Del trigo.

―Disculpe, sí, tiene razón ―había dicho inmediatamente, acompañándose con un balanceo conjunto de cabeza, brazos y manos―: “la paja del trigo”. “La paja en el ojo ajeno” ―había agregado, impostando la voz― pertenece a la esfera de lo privado. Y quién es uno para juzgar el gusto de los otros.

Ambos nos habíamos reído.

Es curioso: había visto su fotografía en el diario un centenar de veces y desde hacía añares escuchaba su voz en la radio, todos los domingos. Sin embargo, recién había podido reconocerlo al escuchar su risa. Sin poder dejar de reírme le había dicho:

―Yo a usted lo conozco. ¿Usted no es “Melómano Domingo”?

―El mismo ―y había estirado el brazo para estrecharme la mano―. Para servirlo.

―Encantado. Yo me llamo Abel Lupone.

―Ah, entonces somos colegas.

Su reconocimiento me había tomado por sorpresa. Me sentí halagado. Sin embargo, mi cara debió haber expresado algo distinto, porque se apresuró a decirme:

―Aunque trabaje para la competencia, escucho sus móviles todas las mañanas. Y también he leído sus artículos en ese pasquín que no merece tenerlo entre sus colaboradores.

Le sonreí, seguramente sonrojado. Nunca me atreví a preguntarle qué le interesaba de las notas que yo escribo sobre botánica y que aparecen mensualmente en “Mi tranquera”, una revistita local que publica mi hermano, hecha con seis hojas fotocopiadas a doble faz, y con la que, gracias a los auspicios, suma un dinero adicional a los importantes dividendos que le genera el vivero.

A esa charla inicial sobre la banquina, le habían sucedido otras, muchísimas, siempre de lunes a viernes. Nunca sobrepasaron los veinte minutos (salvo una vez que el colectivo tuvo un desperfecto mecánico y tuvimos que esperar quince minutos más a que llegase el reemplazo). Tal vez a muchos le resultase extraño que nunca las prolongáramos en el bar o en alguna de nuestras casas, pero creo que los dos suponíamos que esa brevedad y ese marco beneficiaban al trato que nos frecuentábamos.

Aunque “charla” tal vez no sea la palabra más exacta. La mayoría de las veces era Domingo el que hablaba y yo quien escuchaba, intercalando, a lo sumo, aquí y allá, alguna nota al pie o una pregunta. No es que el hombre fuera descortés; tampoco era una de esas personas que disfrutan escuchándose a sí mismas. Sencillamente, a mí me gustaba escucharlo y, por eso, lo instaba a continuar hablando.

Con el tiempo descubrí que aquel primer mote de “hombre-eco” tenía algo de cierto. Una de las fascinaciones de “El Melómano”, como lo llamaban en el medio radial, era “capturar”, como si él mismo fuera un radar, todas las noticias, los chismes e, incluso, las conversaciones que había oído al pasar en el bar o en la calle, para luego reproducirlos (en su columna, en su programa, en nuestras charlas de colectivo) sin perder los giros idiomáticos, los tonos, las expresiones, del original. Según me dijo una vez, él vivía ese talento como un castigo: “Es una deformación insoportable de mi oído absoluto”.

Más allá de su erudición musical, Domingo era un enciclopedista. Él mismo bromeaba sobre esto, definiéndose como un “homo enciclopedicus”. Pero la inserción de frases populares, modismos, idiotismos y refranes (cuando no, lisa y llanamente, un chiste verde) en sus disertaciones aligeraban la carga de ese saber enciclopédico y provocaban, en el oyente o el lector, incondicional simpatía.

Sin embargo, eran muchas las veces que Domingo me instaba a ponerme en el rol de orador.

―¿Qué le pasa hoy, Lupone? ¿Discutió con la patrona? Cuénteme usted, vamos, algún chanchullo reciente de esos que llaman noticias. No es que hago como el hombre aquel que no le hablaba a su esposa porque él no podía oírla. Hoy tengo ganas de que usted me parle, nada más.

A veces le contaba sobre cómo y para qué habían traído a la zona tal o cual especie forestal o le narraba alguna anécdota que mi esposa traía de la EPET donde ella da clases de Educación Física. Pero Domingo prefería que le narrara hechos policiales. Como en el pueblo no había muchos, a menudo yo recurría a información que me llegaba desde otros rincones de la provincia. Domingo disfrutaba de esos informes. Me decía que le hacían acordar a las historias que su ex esposa le contaba sobre su infancia en Córdoba, donde, como en casi todas las provincias, los pobladores resolvían los enigmas mucho antes que la policía pudiera dar con las pruebas.

Pero ahora la situación era distinta: yo le había pedido que hablara para distraerlo, para distraerme, para que ninguno de los dos pensáramos en lo que acababa de ocurrir y en lo que estaba por suceder.

Domingo dejó de mirar al Lanín. Yo lo miraba a él, sentado sobre la nieve, recortado contra el lago que, kilómetros abajo, esplendía un tono anaranjado. Otra vez me miró la mano, frunció levemente el entrecejo y me dijo:

—Ahora le toca a usted, Lupone. ¿Qué pasó con Wood?

Me asombraba lo metódico que era Domingo para abandonar el tuteo y empezar a tratarme de usted. Yo, en cambio, nunca me había animado a tutearlo.

―¿Qué? —me defendí, tal vez con demasiada vehemencia―. ¿Es amigo suyo?

—Sé que suena a un juego de palabras en inglés —agregó, con tono paternal—, pero los dos sabemos que ese tipo no es buena madera. ¿Usted de veras cree que yo puedo ser amigo de alguien así?

―¿Y qué hacía en su casa, entonces?

—Vine a buscar un disco. El domingo pasado, llamó a la radio y me dijo que tenía un disco de Profiaco que podía interesarme. ¡Cómo no iba a venir!

Alcé las cejas y me mordí el labio inferior, pero me mantuve callado.

—En uno de nuestros viajes me contaste que habías conocido a Wood en esas reuniones donde los ricachones del pueblo se juegan contratos y mujeres al póker entre litros de etiquetas negra y mucha cocaína —me dijo, para luego acotar con una sonrisa:—, además de la poco saludable provisión de Viagra a la salida. Pero nunca me dijiste cómo habías caído vos ahí…

—Es cierto —le dije, mientras me apoyaba contra una roca alta y sin nieve en la punta—, usted me lo preguntó pero ya habíamos llegado a mi parada y nunca le contesté.

―¿Tiene algo que ver con aquella noche?

Lentamente asentí con la cabeza.

—Ahí empezó todo —dije, casi para mí.

Domingo se inclinó en dirección hacia donde yo estaba.

—Abel —me susurró, como si estuviéramos en una habitación llena de gente y nadie allí tuviera que escuchar lo que estaba por decirme—: vos nunca estuviste en esa reunión.

A causa del contraluz, no podía verle los ojos, pero adiviné la mirada penetrante en los ojos de un verde casi grisáceo, esa mirada que se le instalaba en la cara cuando prestaba atención a un relato. De pronto sentí que un enorme cansancio me invadía y que tenía ganas de dormir dos días seguidos. La mano empezó a dolerme.

—El que estuvo en aquella reunión fue mi hermano. Siempre va a esas reuniones, desde hace años. Mi hermano es un boludo, usted ya sabe, pero es mi hermano, después de todo. No sé a qué va, qué encuentra allá. Un par de veces quiso llevarme, pero yo no quise. En realidad, no es que no quise. A veces me dan ganas, ¿sabe?, me dan ganas de saber qué se siente ser como esa gente: tener plata, poder, mujeres, poder manejar los hilos de todo lo que pasa en el pueblo sin nunca quedar pegado, hacer lo que a uno se le venga en ganas sin temor a un castigo, poder andar por la vida despreocupado de todo excepto de…

Algo cercano al pudor me obligó a callarme. Me percaté del silencio que nos rodeaba y pensé: “Tiene razón. En cualquier momento se viene una nevada”. Después volví a hablar:

—Esa noche mi hermano apostó el vivero al póker. Y perdió. Usted me dirá “que se joda”, y puede que tenga algo de razón, pero eso es porque usted no sabe, no conoce la historia, no sabe todo.

Hablaba sin mirarlo a la cara, como si estuviera contándole todo a la nieve que tenía bajo las botas.

Y entonces solté todo como si se tratara de una grabación que llevaba conmigo y a la cual le di play y ya no pudiera ponerle pausa. Le conté todo como si por esa narración obtuviese como premio los dos días de sueño ininterrumpidos que anhelaba o como si no me quedara otra alternativa.

—Usted no sabe, por ejemplo, que ese vivero, antes de ser de mi hermano, fue de mi viejo. Que mi viejo dejó en ese vivero toda su vida. Que murió intentando apagar un incendio al fondo del vivero, donde estaban las araucarias, un incendio provocado por los Heiligens, por el hijo de los Heiligens, ese viejo hijo de puta que ahora sigue fajándola a la esposa porque es mujer, nada más, porque él quisiera estar con un tipo que le rompa bien el culo pero eso es algo que nunca se bancaría, y le prendió fuego a las araucarias solo porque mi viejo le había ganado en un concurso de hacheros, fíjese usted, nada más que por eso, y lo mató de ese modo pero nadie nunca le hizo nada, y todo el mundo sabe que fue él el que provocó el incendio que mató a mi viejo. Y como mi hermano es el primogénito heredó todo, él que nunca le había dado bola al vivero y que, peor, le rompía las pelotas tener que ayudar a mi viejo con los árboles, los arbustos y las plantas y que solo soñaba con rajarse de acá, ir a Buenos Aires, irse allá para ser actor y salir en televisión o en el cine, que nunca le importó un carajo la tierra… Pero descubrió que el vivero podía dejar plata. La verdad es que no lo descubrió solo, se lo dijo mi mamá cuando volvimos del entierro y a él le brillaron los ojos, me acuerdo como si fuera hoy. Y se hizo cargo del vivero y tres meses después se mató mamá, se tragó todo un frasco de pastillas, la encontré yo, así muerta, en la cama, cuando le llevé el desayuno, el mismo día que yo había decidido que quería ser guardaparque. Entonces, mi hermano empezó a hacer de mi padre, a actuar de padre mío y, porque se le cantó, me mandó a La Plata a estudiar periodismo. Pero al año y medio yo me volví, qué mierda, me volví a cuidar el vivero, como lo hacía cuando vivía mi viejo, porque la que ahora es mi mujer me había contado, ya entonces, mire, y pensar que en ese tiempo éramos nada más que amigos y nos hablábamos una vez por mes por teléfono, yo la llamaba de un público que había en la esquina de enfrente donde alquilaba con otros tres amigos un departamentito de dos por cuatro, me había contado que mi hermano estaba haciendo desastres con el vivero y sin dar vueltas me tomé el micro y me volví y le expliqué cómo tenía que hacer las cosas, para no echar a perder todo, para cuidar lo que era de la familia, y mi hermano me prestó atención y aprendió, así, de golpe, y empezó a ocuparse y a ensuciarse las manos, y contrató a un japonés que era pariente de una abogada que recién había llegado al pueblo, y el japonés terminó de poner todo a punto, de poner todo en marcha, y después que lo dejó todo listo y mi hermano supo qué hacer, le dio una patada en el culo, lo despidió, mi hermano que cuando era joven se la daba de socialista y ahora andaba explotando gente, porque, por supuesto, a mí también me usó, dos, tres años, y cuando vio que los clientes me buscaban a mí y no a él para consultar, me consiguió el trabajo como movilero en la radio de uno de los sátrapas con los que se junta los viernes en esas reuniones. Y me lo consiguió porque yo ya me había casado y todos le habían criticado que con la guita que tiene había sido incapaz de ayudarme a comprar un ranchito siquiera, y que como regalo de bodas nos diera apenas un reproductor de dvd y un televisor. Pero a mí me hubiera gustado seguir en el vivero, y se lo dije, y él, a cambio, me dejó escribir los artículos esos que aparecen en “Mi tranquera” y también me deja ir todos los sábados a ver cómo está todo en el vivero, como para despuntar el vicio.

Cuando volví a alzar la vista hacia Domingo descubrí que estábamos en penumbras. Él no decía nada, pero yo alcanzaba a oír su respiración pesada y lenta.

—Por eso, cuando mi hermano me contó lo de la apuesta, lo increpé, pero él me dijo que no podía hacer nada, que las deudas de juego eran sagradas. Estuve toda la semana sin dormir, se habrá dado cuenta, ¿no?, por eso le prestaba poca atención en el colectivo, no era que no me interesaba lo que me contaba ni que no tuviera ganas de hablarle, nada más tenía sueño. Y hoy, al final, me decidí, y vine a encararlo a Wood, vine a decirle que es un hijo de puta, que uno no puede ganarle a otro toda una vida con una baraja, qué una vida, varias vidas juntas solamente porque los naipes fallaron a favor.

El viento comenzó a soplar y los diminutos copos de nieve, a caer. La voz de Domingo llegó a mis oídos con la liviandad de esa nieve.

―¿Sabés qué pasa, Abel, cuando dejás que otros toquen la melodía que uno compuso? Tu creación depende de una ejecución que te es ajena, a menos que vos la dirijas. Eso, a veces, no está mal: a menudo los planetas se alinean y el sincronismo se produce. Pero el problema no está allí, realmente. El problema es cuando sos músico de una orquesta y tenés que tocar una melodía que, al leer el pentagrama, descubrís que fue compuesta por vos y firmada por otro. Eso es peor. Porque, en el primer caso, si el ejecutante falla, te estropearon la obra; pero en el segundo, te la birlaron. Más raro es, todavía, cuando te piden que le hagas los arreglos a una pieza que, en el transcurso de su estudio, descubrís que te pertenece, pero también descubrís que la pieza tiene errores, aquí y allá, y que los arreglos te dan la posibilidad de enmendarlos. Es una situación en la que tenés que decidir entre la belleza de la obra y el reclamo de su autoría. No sé si tiene mucho sentido todo esto que te estoy diciendo, sinceramente. Me siento como borracho. Lo que quiero decir es que a vos te tocaron todas las más difíciles y que no es el turro de Wood el más culpable sino el cretino de tu hermano. Hay que saber diferenciar al enemigo del oportunista. Por algo nunca fuiste a esas reuniones. Que no me vengan con esas pelotudeces de que todo es relativo. Todos podemos, ¡debemos, ja!, diferenciar el bien del mal, y vos sabés por dónde pasa la cosa. Pasa la cosa, ¡qué expresión más ridícula! ¿Qué cosa, la de Hawks o Nyby o la de Carpenter?

Domingo soltó una carcajada para luego empezar a toser. Por fin dijo:

—El profesor que descubrió al asesino de la segunda cuerda podría haber sido mi mejor amigo. Pero tuvo que inventar a Abe Le Beage, y con ello perdió mi simpatía.

Domingo aspiró una profunda, sonora bocanada de aire, y luego agregó:

—Una vez, poco tiempo después de haber visto “Venga esta noche a dormir a casa”, conocí a una mujer que era igual a Ornella Muti. No digo parecida, sino igual. La Muti me había vuelto loco. Yo ya estaba casado y mi hija ya había nacido. Más aún, las cosas con mi esposa no andaban bien. Y esa Ornella porteña, con la excusa de una guitarra o unas partituras, se me insinuó… Mejor dicho, se me entregó, justo a la hora de cierre del local que tenía en esos años. Y yo pensé: ¿vale la pena? Quiero decir: ¿valía la pena arrojarme a esa imitación, a ese plagio, a esa suerte de belleza parida por la imaginación y preñada por el sinsabor, por la amargura de un matrimonio que fracasaba y de una hija a la que no podía mantener porque se estaba fundiendo la empresa familiar? ¿Era, incluso, justo para ese símil, que cediera a su deseo por un mero reflejo de mis frustraciones? Siempre, en algún momento, tocamos la música de otros, pero hay que ser cautos al hacerlo, hay que ver si vale la pena hacerlo, hay que entrenarse mucho para ese instante porque, cuando llega, lo mejor es dejar de tocar o improvisar y hacer fugas, variaciones, citas. No hay que soplar la nota de una trompeta ajena a menos que ese sea tu último recurso. Hoy, por ejemplo, iba a ir a almorzar alguno de esos platos elaborados, riquísimos, que preparan los chicos de Piedra Kenaz, pero, después me di cuenta, el primer impulso había sido porque ayer leí una nota sobre frutos del mar, y cuando me di cuenta caminé unas cuadras hasta La Rosa de Los Andes y ordené media docena de empanadas, que fueron mi manjar de mediodía, ¿entendés? Es como cuando te convertís en padre y te ponés a tocar la partitura que te enseñaron y te das cuenta que mejor es reescribirla porque o vos desafinás o tenía errores de armonía, porque si no te das cuenta te convertís en el asesino serial de tus hijos, serial o dodecafónico, ja, entendés, qué chiste culto, boludo, putamadre, lo que quiero decirte, ay.

La cabeza de Domingo golpeó contra el pecho; un ruido seco acompañó al golpe. Me quedé unos segundos mirándolo. Los copos de nieve fueron cubriendo su calvicie mientras él permaneció inmóvil: caían lentamente, con respeto, diría, sobre él, y no sé porqué pensé en Tony Bennett, en ese cantante que a Domingo le gustaba programar después de algún pianista argentino, Iaies, Díaz, Jodos o Larumbe, en Bennett cantando “Gone With The Wind”, y de pronto me encontré tarareando “Sometimes It Snows In April”, de Prince, que es la canción más triste que se haya escrito.

Me miré la mano. Había dejado de sangrar, tal vez por el frío. La tenía congelada, casi no la sentía. La sangre formaba una costra que cubría toda la superficie del dorso. Al menos se había aliviado el dolor.

Deslicé la espalda contra la roca hasta que me senté sobre el suelo. Se me vino a la mente la imagen de Domingo escapando de la casa de Wood, luego del altercado; yo corría tras él. Más aún, el detalle de los discos que Domingo había soltado en la carrera: uno en cuya tapa llegué a leer “El alma por la belleza”, y dos discos de pasta que atiné a tomar al vuelo: uno con el sello de RCA Victor que de un lado tenía impreso “Claire de lune” y del otro “Greensleeves”, cuyo intérprete era George Melachrino y su orquesta, y otro del sello Odeon con “Para Elisa” en la cara A, y en la B, “Nocturno del plenilunio”: P. Kalender, solo de piano. Me asombré de la precisión del recuerdo. Los discos se me habían caído en el ascenso, se habían hecho añicos contra unas rocas.

Si yo no hubiese irrumpido en lo de Wood en aquel instante para insultarlo y, al mismo tiempo, rogarle que no le quite el vivero a mi hermano, reclamándole lo que consideraba un bien de familia, ¿se habría calzado el Remington para disparar a diestra y siniestra por todo el terreno?

¿Podría haber evitado que las balas disparadas por ese ícono siniestro del venerable pasado de este pueblo, por ese demente hijo de puta, nos hiriesen a Domingo y a mí?

¿Acaso soy yo el culpable de todo? ¿Soy yo el culpable de que Domingo se interpusiera entre el Remington y yo, de que yo pusiera la mano entre el rifle y él, de que Wood disparase atravesando mi mano y que la bala diera, fatal, finalmente, contra Domingo, contra “Melómano Domingo”, contra el “Hombre Eco”, contra lo más parecido a un amigo o a un padre que he tenido desde que volví de La Plata a este pueblo?

¿Por qué no deja de nevar, no deja de oscurecer, no dejan de dolerme los hombros?

Cargo el cuerpo de Domingo, rumbo a la ruta. Algún auto tiene que pasar a esta hora, alguien tiene que recogernos. A veces, cuando me detengo para descansar un poco, sin querer, meto los dedos en el agujero que Domingo tiene en un costado del pecho.

Nieva como si nunca hubiese nevado en esta zona. Ya no se distinguen ni el Lanín ni el lago. El cielo es nieve, el aire es nieve, los párpados están cubiertos por la nieve. Camino a ciegas, cuesta abajo, el peso de Domingo contra mi espalda. No siento la mano, solo el golpe de la campera de Domingo contra el brazo.

Oigo las aves, los pasos, las ramas y todo aquello que quiebra el silencio de la nevada. Tropiezo, tres, cuatro veces. Todo me es ajeno. Lo único que reconozco son las lágrimas que me caen por las mejillas y se congelan donde me nace la boca.

 


 

MARCELO GOBBO (18 de febrero de 1966, Buenos Aires, Argentina) es escritor y realizador audiovisual. Ha publicado: Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas (Ediciones de La Grieta, 2012), Barbarie y civilización (cuentos y relatos, Ediciones El Camarote, 2012), El humo de la noche (poesía, ilustrado por Viviana Errecalde, La Grieta, 2013), Olvido la marcha que tiene música (poesía, en colaboración, La Grieta, 2014), Mini (microficción y poesía en prosa, Vela al viento Ediciones, 2015 y segunda edición 2016), El repliegue (poesía, El suri porfiado, 2015), Comoe (poesía, en colaboración, La Grieta, 2015) y Bodega (novela, Ápeiron Ediciones, 2018). Otros textos de su autoría figuran en antologías de distintas partes del mundo. Obtuvo una veintena de distinciones nacionales e internacionales. Vive en San Martín de los Andes (Neuquén, Patagonia Argentina) desde 2004.

 

Fotografía: cortesía de Lucas Newton.

 

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