Las palabras ardientes del poema: el arraigo de Edgar Morisoli

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El motivo de estas anotaciones es la de realizar un humilde homenaje a Edgar Morisoli, uno de los poetas mayores que crea y comulga en la provincia de La Pampa, dando cátedra a varias generaciones desde su escritura y pensamiento.
Hace poco más de sesenta años se encuentra radicado en estas tierras y, casi de inmediato, comenzó un diálogo revelador que todavía continúa y que ha contaminado a su producción poética, ampliando de forma convergente el registro literario de la región.

En reiteradas notas dedicadas al poeta Edgar Morisoli, cuando se alude a la condición de su origen santafecino refieren que “reside” en la provincia desde 1956 (a esta apreciación se suma también la revista Museo Salvaje que he editado y en uno de sus números deslizó igual mención). En ese sentido considero que dicha proposición no cuadra, porque la condición del residente es que siempre se encuentra de paso, al modo de un viajero temporal, de un migrante. Una de sus significaciones históricas señala que es la denominación de diferentes cargos coloniales en los ss. XIX y XX, lo cual delataría una posición incómoda para un poeta que ha denunciado a través de su poesía e investigaciones esos procesos imperialistas de dominación y opresión.

También es muy cierto de que las “estancias” de un hombre varían según las condiciones de vida. Muchas veces los poetas se han caracterizado por su condición de errantes, entonces es válido reponer algunos de los textos de Residencia en la tierra de Pablo Neruda, en donde su poética abandona la inmovilidad del habitante para entregarse al movimiento, aceptándose inmerso en la realidad y en la instalación de su yo —reconcentrado en la fuerza erótica— en el mundo.

Por lo tanto sería interesante revisar esta diáspora que abre la acepción “residente/residencia” y en dicho caso la reemplazaría por “arraigo”, término que implica un meticuloso aprendizaje de la tradición del lugar, una mixtura, un hacer propio lo existente, un sujetarse a la tierra que le dio cobijo y que a partir de ese pacto comenzará a construir su raigambre propia —de sangre, poética, sociocultural―, que por decantación será volcada y resignificada en la producción textual. En el prólogo de su primer libro editado en la provincia de La Pampa, Salmo Bagual (1957), Rosa Blanca de Morán refería: “Su cariño a esta tierra espaciada lo enraizó”. La semejanza de ambos términos, arraigar/enraizar, se considera mucho más cargado de identidad y exacto para un “nombrador” como Morisoli.

Citemos un fragmento del poema “Sonata y destrucciones” de Pablo Neruda, tal vez los atentos lectores de Morisoli hallen un eco, un fenómeno intertextual, ciertas filiaciones,

Después de mucho, después de vagas leguas,
confuso de dominios, incierto de territorios,
acompañado de pobres esperanzas
y compañías infieles y desconfiados sueños,
amo lo tenaz que aún sobrevive en mis ojos,
oigo en mi corazón mis pasos de jinete,
muerdo el fuego dormido y la sal arruinada,
y de noche, de atmósfera oscura y luto prófugo,
aquel que vela a la orilla de los campamentos,
el viajero armado de estériles resistencias,
detenido entre sombras que crecen y alas que tiemblan,
me siento ser, y mi brazo de piedra me defiende.
[…]
Acecho, pues, lo inanimado y lo doliente,
y el testimonio extraño que sostengo,
con eficiencia cruel y escrito en cenizas,
es la forma de olvido que prefiero,
el nombre que doy a la tierra, el valor de mis sueños,
la cantidad interminable que divido,
con mis ojos de invierno, durante cada día de este mundo.1

La profesora Teresa Girbal ya había dado algunos indicios de la poética de Edgar Morisoli —así como de una treintena de autores de la región—, resaltando el recurso del nombramiento: “Nombrar es destruir” escribe en el poema “Cementerio de los Hachadores” (de Salmo Bagual, 1957). Quizá corresponda a la misma destrucción que enuncia también el poema de Residencia en la tierra de Neruda; pero ese trabajo sobre lo que se olvida, ese rescate pormenorizado de las pequeñas fábulas y leyendas del pago son los sucesos que abonan el “testimonio”, porque como explica el filósofo Jacques Derridá, “toda escritura es testimonial”. Es que el recuerdo, el montaje que se realiza con el pasado, transforma en él lo que se considera muerto y olvidado, reteniéndose en una instantánea, en el soporte de las imágenes, en definitiva, en la misma escritura que acontece.

Otro punto a resaltar es la presencia fuerte de la polifonía y del dialogismo en muchos de sus textos —algunos de sus poemas han sido escritos para ser interpretados por varias voces—, pero también hay una concepción del “yo” que advoca la línea del poema “Muchos somos” de Neruda: “De tantos hombres que soy/ que somos”, que descendería del “yo es otro” del poeta francés Arthur Rimbaud, pero a esa vacilación subjetiva de una multiplicidad Morisoli la rompe y la convierte en una clave retórica que abre el poema a varios hablantes que hablan en la voz del poeta; además ello representa una ruptura del poema clásico de la épica con su discurso monológico. Obsérvese qué importante es el cierre del poema aludido de Neruda: “…si son tantos como soy yo,/ si se parecen a sí mismos/ y cuando lo haya averiguado/ voy a aprender tan bien las cosas/ que para explicar mis problemas/ les hablaré de geografía”, y resalto “les hablaré de geografía” porque de alguna manera ese tópico se va a encontrar constantemente en los poemas de Morisoli, en la presencia de un territorio que es y debe ser recuperado de la memoria con cada uno de sus protagonistas, involucrado en un juego peligroso que enfrenta el avasallamiento de la historia legitimada por la hegemonía, caracterizada por el silencio que impone a los vencidos. Y a esta mirada se le podría dar un contrapunto teórico con lo que advierte Walter Benjamin en el libro Tesis sobre filosofía de la historia, indicando en la tesis VI: “ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence. Y éste no ha dejado de vencer.”; y afirma en la tesis VIII: “La tradición de los oprimidos nos enseña entretanto que el ‘estado de emergencia’ en que vivimos es la regla”.

La poética de Morisoli se encuentra inmersa en ese crisol en donde regurgita el “estado de emergencia”, sus investigaciones también se sitúan en esa zona de debate y discusión, porque la regla impuesta por el discurso dominante hace que la arena de enfrentamiento sea dentro de ese mismo discurso, el del subalterno, lugar donde se funda el contrapoder, la visión otra de los vencidos que pueden hablar. En la producción poética de Morisoli sólo se percibe cierto remanso cuando escribe los poemas de amor (cargados de otra emergencia seminal, y muchas veces también imbricados con la lucha política) o las reflexiones en torno a la poesía en sí. Todo lo otro es postura y praxis combativa, el compromiso (engagement sartreano) del hombre que historia (sea desde la episteme, sea desde el arte) inferido por Benjamin como que “su misión es la de pasar por la historia el cepillo a contrapelo”, porque es la manera en que se debe “llevar hasta el final la obra de liberación de las generaciones vencidas”.

Poema:

“Patria de doce rejas”

“Este país que viene rengueando por la historia,
marchando de costado con sus sueños a cuestas…”
Pedro Sur, 1973

para Tita Alcaraz, que las fue contando
camino de su amor.

Patria desconsolada,
solar labrado en lágrima y ceniza
donde una luz llagada, una caliza
y cruda lumbrazón barre el violento
cielo de tu destino.
…Un polvo lento, amargo,
cubre la tierra de los argentinos
y cruje entre los dientes, esmerila
la voz, el llanto largo
del viento en las planizas donde afila
la soledad sus huesos transparentes.

Patria descoyuntada,
porque quebradas fueron tus dulces coyunturas
una tras otra en potro de tormento:
la insumisa cerviz de tu hermosura,
los hombros que llevaron la más alta bandera,
rodillas firmes que jamás rendiste
sino en el sentimiento
o la ternura,
y codos y nudillos fueron descalabrados,
hendidos, astillados en la fiera
coyunda y quebrantados,
por doblegarte el alma y verla triste!

Cárcel. Destierro. Huida.
Cinco mil hombres y mujeres purgan
la culpa de pensar tras de las rejas,
la culpa de luchar por una vida
clara, mayor:
la vieja,
la ensangrentada tierra americana,
limpia humillación, limpia de llanto,
con el sueño en las manos de los pueblos y el canto
íntimo y compartido. De guitarra paisana.

(Yo podría explicar: “Son los rehenes
del sistema”; y con eso
¿qué explicaría? Nada; o casi nada,
porque la luz, el hueso
principal de la luz, esa sustancia
terrible, trigo o luna que en la sangre sostienen
su firmeza y mi canto, ya son una
sola: y está tejida de arrullo en la distancia,
por la razón y sinrazón del beso…)

Doce rejas, aquí, son el arado.
Uno los nombra y sabe
la bruñidura de su manso acero,
la estela parda al sol, el verdadero
rostro de la provincia: esa reciura
que enternecen gaviotas y avutardas,
largo ramal de surcos donde cabe
un sueño de cosechas.
Doce rejas, allá,
fueron la dimensión del desamparo,
el perfil del oprobio, la deshecha
frente de la república… Doce rejas: allá.

¡Patria de doce rejas,
de doce portalones sucesivos y oscuros,
tras los que la esperanza cautiva reverbera!
Allí están firmes, puros
de tanta adversidad y suerte incierta,
los-que-el-amor-espera:
¡Compañeros,
amigos que cantaron bajo un peral añoso
en altas madrugadas de verano,
y que el amor, que nunca aguarda en vano
saludará dichoso
en un alba sin pueblo prisionero!

Diciembre de 1975

de Jornada de los confines (1975/77), en Obra callada. Santa Rosa: Ediciciones Pitanguá, 1994.

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Descripción del Autor

Sergio De Matteo

Sergio De Matteo

(Santa Rosa, La Pampa, 1969). Poeta, ensayista y periodista cultural. Ha publicado las plaquetas Soles violentos (1995); Absurdo / Absoluto (1996); y los libros Ozono (1997); Criatura de mediación (2005); El prójimo: pieza maestra de mi universo (FEP, 2006) y Diario de navegación (2007). Es presidente de la Asociación Pampeana de Escritores y dirige el programa radial “El estado de las cosas”.

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