Las Ruinas Circulares, Pinocchio y el Malbec

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Una reflexión de Roberto Montaña

Mucho se dijo y se dirá sobre la complejidad de la literatura de Jorge Luis Borges. Su (mala) fama  se fundamenta sobre todo en un puñado de cuentos cortos que constituyen lo medular de su obra literaria.  Es cierto que en Ficciones (1944), Artificios (1944), y El Aleph (1949) , y también en algunos poemas ( Argumentum Ornithologicum) o incluso en ensayos (Historia de la Eternidad),  se alude a una problemática propia de la filosofía clásica. En ellos abundan las referencias a la estructura de la realidad (La Lotería de Babilonia), el sentido del Universo (El Aleph), el infinito (La biblioteca de Babel) o la inmortalidad (El inmortal). Sin embargo nunca hay que olvidar que Borges antes que nada es un escritor y su curiosidad lo acerca a la filosofía como supo acercarlo a los mitos nórdicos o a los arrabales porteños. Basta recordar su opinión sobre la metafísica resumida en una frase de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius“es una rama de la literatura fantástica”. Mas allá que la aseveración ponga los pelos de punta a los académicos, lo cierto es que Borges nunca creyó que en las indagaciones de la filosofía esté en juego verdad alguna, ni siquiera que exista esa verdad. Es un escéptico absoluto y los grandes sistemas que los filósofos idearon a lo largo de la historia no lo seducen por su capacidad de explicar la realidad, sino por su belleza. Tal pensamiento queda expuesto con toda claridad en su admiración por Spinoza, una admiración que no solo es de orden intelectual: a Borges lo seduce la pasión, el empecinamiento y la tozudez de este “judío que labra un arduo cristal: el infinito”.  Ahora en una de sus conferencias lo deja bien en claro: “Yo he tratado a mi modo de ser spinozista pero no he logrado serlo”. O sea, muy lindo el more geométrico, pero ni a palos me creo ese cuento del panteísmo.

La pregunta que deberíamos hacernos aquí es por qué si Borges no cree en la filosofía,  los filósofos (o sus sucedáneos) se empecinan en hacernos creer lo contrario. Se lo ha interpretado hasta el cansancio para abonar las más extravagantes teorías y desde los ámbitos más disímiles que nos podamos imaginar. Parece que Borges diera para todo… a tal punto que no me puedo aguantar las ganas de interpretar aquí mismo uno de sus mejores cuentos: Las Ruinas Circulares. El argumento es simple, para decirlo de alguna manera, de literatura infantil (Por algo empieza con una cita de Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las maravillas): Se trata de un hombre que sueña a otro hombre y tiene la ilusión de darle vida. ¿No se puede acaso leer como una variación de la historia de Gepetto y su Pinocchio?. El hombre (también se lo llama mago), afronta su empresa soñando con “nubes de alumnos” a los que dicta cátedra, para luego quedarse con uno solo, aquél cuyos rasgos le recordaban a él mismo. Pero ese gesto de soberbia, como el de la madrastra de Blancanieves, como el de las hermanas de Cenicienta, lo llevó al fracaso. ¿Qué hizo el mago para corregir su error””Soñó con un corazón que latía…” Como dice mi hijo: ¿No es una ternura?

Pero ahora volvamos a lo nuestro, ¿a qué se debe que se hayan escrito tantos papers, intrincadas monografías, libros enteros dedicados a revelar un punto de vista distinto, único, magistral, a cuál más ingenioso, a cuál más profundo? ¿A qué se debe ese afán de emparentarlo con el budismo, la teoría del eterno retorno, los filósofos presocráticos, o los procesos de creación literaria? Eso no dice nada de Borges, porque Borges no es complejo ni inextricable y el aura que lo rodea no es culpa suya, sino de sus exégetas. Que en Las Ruinas Circulares adjetive “la unánime noche”,  ” los árboles incesantes”, o que el soñador venga de un lugar “donde el zend no está contaminado de griego” o que aluda a las “cosmogonías gnósticas” para explicar la construcción de este “Adán de sueño”, no revela sobre su literatura ninguna otra cosa mas que un enorme talento. Y ese talento antes que fomentar la pluralidad de las interpretaciones lo que busca, y a veces logra de manera genial, es generar un ámbito, un espacio de lectura propio. La verdadera magia, lo absolutamente difícil de conseguir, es crear con dos o tres oraciones un universo único y autónomo, es producir esa sensación de extrañamiento tan típicamente “borgeana”.  Pero ese es un problema del Borges escritor, no nuestro. Nosotros solo tenemos que ocuparnos de leerlo.

Hay algo que es cierto y no podemos pasar por alto. Borges es uno de esos raros escritores que ha “creado” un tipo peculiar de lector, un lector que suele caer en los mismos vicios que el lector de policiales, es decir, perspicaz, desconfiado, que busca en el texto señales que le revelen la trama no ya de un crimen, sino de una idea filosófica. Es el tipo de lector que ha impregnado a la obra de Borges de una pátina de aristocracia exclusiva y excluyente. Y ese sí es nuestro problema, y no el de Borges. Porque nos vienen corriendo con el ancho falso de la intelectualidad desde que lo citan en las universidades o lo nombran en conversaciones pretenciosas. Por eso lo que recomendamos es relajarse y disfrutar, como si cada uno de sus cuentos se pudiesen saborear como un buen Malbec: ¿Que tiene sabor a “frutos del bosque”? ¿Que presenta “notas de pimienta” y “un toque de madera”? ¡Dejate de joder y servíme otra copa!

roberto-montana-bnRoberto Montaña nació en Montevideo en 1963 y vive en Argentina desde 1974. Es licenciado en Filosofía (UBA). Recibió premios y distinciones; entre otros, el de la Fundación Amalia Lacroze Fortabat y el VIII Concurso Nacional de Narrativa Macedonio Fernández. Sus cuentos han sido publicados en varias antologías. Coordina el taller literario de la Biblioteca Victoria Ocampo de Ranelagh. Su primera novela, Washington (2014), recibió mención en el Fondo Nacional de las Artes. Los otros hijos ( 2016) es su último libro publicado.
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