Tantos países que hay dentro de este país

Tantos países que hay dentro de este país

Hay libros que auscultan una época. Dialogan y debaten la conformación del campo intelectual. Hay libros que resignifican la conformación cultural del país y en momentos críticos sirven como brújula para comprender la tradición y el estado de emergencia. Aguafuertes provincianas de Pedro Patzer cumple esa función y nos religa a la América profunda, a la Patria Grande.

Pensar(nos) en el país a través de la historia irreductible de sus pueblos, de sus héroes y personajes, pero también de los artistas y creadores que han retratado el pago chico que irrumpe con una fuerza arrolladora en el escenario nacional con sus matices, sus fraseos y tonadas. Un país que conjuga en su cultura numerosas culturas, diversas idiosincrasias y cosmovisiones de la vida, la naturaleza. El arte, en este caso particular y como ya lo hiciera en otras oportunidades, se plantea como manifestación y representación de la sensibilidad y el pensamiento nacional.

El diálogo comienza con la misma reflexión de Pedro Patzer…

―Desde la protesta de los Qom, hasta Spinetta… ¿Cómo es nuestro país, nuestra cultura popular? Es justamente esa unión. El Cancionero de los Ríos; la “Zamba del Río Robado”. Todo tiene que ver. Tiene que ver con los ríos, y ese todo se une. Spinetta también tiene que ver con los ríos, los Qom; que es una síntesis de lo nuestro.

Es parte de nuestra idiosincrasia… La acumulación de manifestaciones que conforman a nuestra cultura, o nuestras culturas.

―Sí. Cuántos mundos, cuántas Argentinas hay en Argentina. Cuántos argentinos hay en cada región. Cuántas Argentinas hay en el hombre de la llanura que mira el horizonte, y tiene esa profundidad, ese infinito. Cuántas Argentinas hay en el hombre que es del país de las montañas, que tiene otro tipo de horizonte, y tal vez un horizonte más velado.

Estas aguafuertes provincianas conjugan, o tratan de conjugar, todos esos mundos, que somos nosotros mismos tratando de contar nuestro lugar, ponerle melodías, ponerle poesías. ¿Cómo ha nacido esta obra? ¿cómo se ha ido construyendo?

―Esto se escribió, si bien en los dos últimos años, esto se viene construyendo en los últimos diez años. Porque desde casi diez años atrás trabajo con Marcelo Simón, en Radio Nacional; y hace diez años que estoy conociendo la otra Argentina. Es decir, estoy conociendo que esos ríos, que esas rayitas azules que figuran en los mapas, no son solamente ríos, sino que son universos. Universos donde en las orillas está la cultura de tantas cosas, y en los ríos navegan tantas otras, tantos oficios; y también ríos que se roban, que generan tantas canciones. Esto nace realmente de darme cuenta que también hace diez años recorro este camino. Podía hablarte de Rimbaud, de Baudelaire, pero no sabía quién era Morisoli, quién era Bustriazo, quién era “El Bardino”, quién era Ramón Ayala, quién era Petrocelli. En la Universidad de Letras de Buenos Aires me enseñaban a contemplar al Manifiesto Surrealista de Bretón, pero nadie me hablaba de lo que era un antigal. La mejor manera de conocer ese mundo fue a través de la gente, a través de la mirada, de las manos de un zafrero, de la mirada de un minero, de la espera de un pescador, de la espera de un mariscador en Corrientes. De todo lo que es el Zonda, de todo lo que interpela en el alma el Zonda, o el Pampero y en la Patagonia con sus vientos. Los pueblos petroleros. En fin, tantos universos que están dentro de nuestro país, de tantos países que hay dentro de este país.

Una gran riqueza de mitos, de leyendas, de personajes que forman parte, justamente, de nuestros pueblos. Qué interesante que citaras a Baudelaire, ya que permite decir que uno no deja algo porque encontró otra cosa, sino que trata de combinar. Él hablaba de las correspondencias.

―Claro; es así. El otro día estaba hablando en Buenos Aires con el periodismo en ETER; me habían juntado con el director de la revista Rolling Stone. Decía que está bien que exista esa idea de Carlos Fuentes, ¿no?, cuando refería que los argentinos venimos de las naves; pero eso está omitiendo una cultura ancestral. Tonto el que cree que solamente tiene 500 años. Tenemos siglos, pero muchos siglos, tenemos el maíz, tenemos la papa, tenemos tanto, pero además de tener esa cultura ancestral, venimos de los trenes, somos hijos de los trenes. Esos trenes trajeron leyendas, carnavales, culturas, tonadas. Esos trenes que recorrieron el país y que fundaron pueblos, también fundaron desiertos cada vez que cerraban un ramal. A eso me refiero, que podemos leer a Baudelaire y todo lo que vino con las naves. Entonces no tenemos que olvidar que nosotros somos de acá, que nos gusta el aire de aquí como diría Yupanqui. Y que hay una cultura central, pero también hay voces latentes que nos están hablando todo el tiempo, o que están esperando para hablar. Es como dice Morisoli, en el cielo algunos ven la Cruz del Sur, nosotros miramos el guanaco sideral que nos rodea, que nos acecha, que nos enseña.

Cuando hablabas recién de los trenes recordé ese pasado en imágenes de poetas. Poetas que, de alguna manera, también sentían ese viaje en tren como algo muy particular: porque se llegaba a un nuevo lugar, o volvían al lugar donde habían vivido. Como Francisco Madariaga, que tiene sus trenes fluviales. Además Jorge Teillier, poeta chileno, también, a través de sus trenes vuelve a su lar, adonde está el tiempo como detenido en el pasado. Ellos, de esa forma, fueron cociendo una visión del universo que quieren conservar a través de la escritura.

―Es tan fuerte los trenes para las poesías. Neruda se llama Neruda por culpa de los trenes. El padre de Neruda era un ferroviario de Temuco, y no soportaba que su hijo se llamase Pablo Neruda. Es decir, Pablo Neruda es un nombre que adoptó como poeta. Le gustaba como nombre, Pablo, y Neruda lo adoptó de un poeta checo. El padre, que era conductor de trenes en Temuco, no le gustaba que su hijo fuera poeta. Pablo Neruda, entre otras cosas, dijo que no hay nada más triste que un tren detenido bajo la lluvia. Qué imagen tan fuerte. También Manuel J. Castilla, hijo de ferroviarios, y Yupanqui, que decía que su padre era un ferroviario pobre con libros, y María Elena Walsh, también, hija de ferroviarios. Cuanto nos han dado los trenes.

Conciliarías con que el arte no es algo indistinto y que está separado del hombre “común”, sino que es parte de él.

―Claro. Totalmente. Esa es la clave. La cultura popular se funda en la figura de esos ilustres desconocidos, esos próceres cotidianos, que son los que hacen esta cultura. Esa mirada de lo que hablamos. ¿Cuántos ferroviarios que se quedaron sin trenes y que, de alguna manera, murieron; y con ello todo un paisaje? ¿Cuántos baqueanos o reseros, como los que hay en el Don Segundo Sombra, se perdieron? ¿Quién es más dueño de un horizonte que un resero? Tantos y tantas personas hicieron y hacen nuestra cultura popular.

Ustedes en La Pampa tienen lo suyo. Carlos Loza, uno de los músicos más talentoso de La Pampa, me fue enseñando esta secreta Pampa. Todos esos secretos de La Pampa, con su reunión de poetas, con el colectivo de voces. Conocí a poetas maravillosos como Edgar Morisoli, que llega a hablar de la tabla del náufrago. Y uno se pregunta: ¿pero qué naufragio se puede tener en la mitad de la llanura? Entonces se comprende todo ahí, en esas creaciones; uno comprende que “La Pampa es un viejo mar”, como escribió Ricardo Nervi.

Y es tan extraordinario todo este conocimiento que, como bien señalás, no tiene que ver con un ámbito cultural, ni de élite, sino que se respira, que se vive, que está en la gente. Claro que está en un naufragio, en los nacimientos; pero, por sobre todo, en la gente con la que nos codeamos todos los días.

Rodolfo Kusch recupera gran parte de ese sentir cuando nos dijo que “la cultura es una cuestión de tripas”…

―Sí, un gran maestro. Él que pudo develar esa tensión entre hedor y pulcritud; si no nunca se sabe quiénes son los del hedor y quiénes los de la pulcritud. Es como los civilizados y los bárbaros, que al final los civilizados terminaron cortándoles la cabeza a los bárbaros; como pasó con el Chacho Peñaloza. Para saber quién es quién en este hermoso continente. Este continente que tiene tanto por descubrirse y por mirarse, para entenderse.

Cuando leía el libro imaginaba a las provincias como provincias flotantes, es decir, veía que no estaban contenidas por los límites geográficos; sino que esas provincias se iban acercando a Latinoamérica.

―Y sí, y cada vez más, no? Mirá, aprendí una cosa en el tantanaku infantil de la Quebrada de Humahuaca, cuando llegaban los changuitos de los pueblos de la Puna. Es que se dieron cuenta que todo aquello que les habían enseñado para avergonzarse era su verdadera riqueza. Era y es un verdadero tesoro. Por mucho tiempo los hicieron avergonzarse de su idioma, de su rostro, de su color de piel, de su canto. Pero ahora estoy notando que lo están mostrando como algo muy suyo, ancestral. En ese tantanaku infantil están sus verdaderos tesoros, sus verdaderas riquezas. Empecemos a descubrir nuestras verdaderas riquezas, porque los hombres que tengan esas riquezas van a ser ricos siempre; aunque estén con las manos vacías siempre van a ser ricos. En la Argentina profunda, en ese sentido, tenemos muchas riquezas, paisajes, escritores, músicos. Un rico y largo camino de sabidurías populares.

Otras de las cosas valiosas en Aguafuertes… es que recuperás a un personaje muy importante que nos ha enseñado a ver y a entendernos, a Jauretche.

―Sí, sí, a don Arturo Jauretche. Yo era uno de los “zonzos”, como dice él… (risas).

Bueno, muchos hemos sido zonzos…

―Claro. Estudié letras y quería morir en una buhardilla de París, creía en todas esas tonterías. Pero con la crisis del 2001, al enfrentar un montón de cosas, uno empieza a comprender que “existe una sabia organización de la ignorancia”, como decía nuestro querido Jauretche. Nosotros tenemos que dar todo para comprender por qué somos como aquellos que fueron señalados como bárbaros. Ese es nuestro camino, y no el de los civilizados, que lo que hacían siempre era señalar a lo extranjero como lo fundamental, anteponiéndolo a los nativos, que era lo que se tenía que despreciar. Lo cierto es que en lo que se hace debemos parecernos a nuestra gente, a nuestro paisaje, y resguardar la particularidad de la tonada. Me parece que eso es fundamental, parecerse a lo que uno es, siendo con nuestra gente, con la gente necesaria; y descubrirnos en esa gente.

Queda evidenciada aquella alusión de Jauretche sobre la pedagogía colonialista y que se ha ido deconstruyendo en estos últimos años; apelando, por ejemplo, un poco a la mirada de los procesos políticos que está viviendo Latinoamérica. Encontrar a Gilberto Gil y uno de los Buarque en el gobierno de Lula da Silva, a Ticio Escobar en el de Lugo, a José Nun, Teresa Parodi y Jorge Coscia con Néstor y Cristina. Un texto del libro está dedicado al Comandante Hugo Chávez; que también ha marcado la historia y nos incluye al recuperar a la sabiduría popular, a los cantores, a los poetas…

―Claro, fijate, ¿cuántas veces nos hicieron avergonzarnos de nosotros, de nuestra sangre? ¿con cuántas escenas nos hicieron creer que lo mejor estaba afuera? Acá, en nuestro país, existe un poeta tan extraordinario como Edgar Morisoli, poeta vivo. Me pregunto: ¿dónde está Edgar Morisoli? Y esto no sucede solamente en Argentina, también en Latinoamérica, y en el mundo. ¿De dónde es Morisoli?, bueno, nació en Acebal, en Santa Fe, pero gran parte de la obra de Morisoli es de La Pampa. Y les digo cuando voy a La Pampa, tienen a Morisoli, tienen a un Neruda acá a la vuelta. Lo que tenemos que aprender es eso; a conocernos, a encontrarnos. A ver cómo encaja acá nuestro tesoro; investigarnos, leernos y saber más de nosotros, a ver si encontramos, de una buena vez, la Ciudad de los Césares. La Ciudad de los Césares es una gran metáfora de todo lo que tenemos para dar, de esas ciudades increíbles que tenemos para encontrar, Lin Lin, Trapalanda, y todo lo que nosotros somos. Jauretche me parece que es fundamental. Es fundamental para luchar contra eso que decía Leda Valladares, de que “nos trae la cigüeña de París, no el cóndor de los Andes” (risas). Tal vez sea el tiempo de que nos traiga la diuca de La Pampa.

La diuca haciendo nacer, o haciendo amanecer…

―Sí, como cuenta Morisoli. En La Pampa “la diuca no canta porque vaya a amanecer, sino para que amanezca”; eso es hermoso, eso realmente es hermoso.

 

Sobre Aguafuertes provincianas

Cuando un mapa geocultural se despliega no sólo emergen sino que también se identifican los matices políticos, sociales y artísticos de una región. Ese reconocimiento presenta y hace circular, ampliando su radio de influencias, tradiciones que forman parte de la idiosincrasia de los pueblos.

El libro Aguafuertes provincianas (Corregidor, 2013) regresa a las fuentes donde se cimientan las obras que refieren y representan a un lugar, a una generación; dando cuenta de la historia y de los procesos que constituyen su acervo simbólico. Leyendas, mitos, anécdotas, poemas y cantos son reunidos por la memoria de Pedro Patzer con el afán de prolongar a través de la escritura un catálogo de expresiones, sabores y tonalidades de la patria “interior”.

En esta obra son convocados poetas y músicos, historiadores y artesanos, pensadores y trabajadores, en síntesis, hombres militantes de la vida. En el relato germinan las palabras y las melodías que retratan a esos mismos hombres con sus experiencias y sus sueños, con sus triunfos y derrotas.

Pero estos escritos no atinan nada más en recuperar ese pasado pleno de artistas e intelectuales, sino que repone las vivencias de los hombres de pueblo, con sus virtudes y miserias, y pone en evidencia problemas actuales como el paco, el glifosato o el enajenamiento que producen las nuevas tecnologías de la comunicación virtual.

Quizás deba destacarse el diálogo entre poesía y canción / canción y poesía (ya lo refería Borges: “El verso siempre recuerda que fue oral antes de ser un arte escrito. Se acuerda que fue primero canción.”), porque a ese camino lo han transitado muchos autores del mundo; entonces como no citar la exquisita complementariedad entre Joan Manuel Serrat y Antonio Machado o Miguel Hernández, Aldo Ferrer y Astor Piazzolla, Cuchi Leguizamón y Manuel J. Castilla, Pablo Neruda y Víctor Heredia, Teresa Parodi y Francisco Madariaga, Lalo Molina y Edgar Morisoli, Alberto Cortez y Juan Ricardo Nervi, entre otros tantos ejemplos. Pero este encuentro es determinante, no sólo en su perspectiva estética, sino también en sus consecuencias socioculturales, porque la raigambre de estas creaciones se hace carne en el hombre, son su alimento diario, porque como señalaba Rodolfo Kusch: “la cultura es una cuestión de tripas”.

Pedro Patzer con sus Aguafuertes provincianas nos recuerda a los hacedores que le pusieron voz y letra a la cultura, reconstruyendo un nutrido índice que se asemeja al concebido por las mujeres que conservan las recetas familiares, y nos invita a realizar un viaje por pagos, bibliotecas, boliches para que comprendamos, apreciemos y apropiemos la diversidad cultural de la Patria Grande.

 

Pedro Patzer

Estudió Letras en la UBA. Guionista recibido en el Iser, ha dictado allí clases de guión de radio (también en Eter y en el Centro Cultural Rojas). En La Folklórica, de Radio Nacional se desempeña como guionista (contenidos) desde 2003. Distinguido con el 3º Premio Naconal 2014 (Rubro Guión Radio y TV) con el galardón Santa Clara de Asís y con siete premios Argentores por escritura en radio: por “Pequeños Pueblos… Grandes universos” (2006); “Biblioteca Popular” (2006); “Canconero del pan” (2009); “La canción desesperada” (2010); “Bcentenario” (2010); “Facundo, un libro que Sarmiento escribió con amor a sus odios” (2011); “En el gran cielo de la poesía” (2011); y “Sagrado corazón del chagas” (2012).

Tiene publicados tres libros: Aguafuertes provincianas (Editorial Corregidor, 2O13); Las vocales (Landeira Ediciones, 2012); Efectos secundarios (Antología poética, Anaya, España. 2004); y Artefactos de Mar (De Alejandría, 2000).

Su primera obra de teatro, Epígrafes (2010), fue ganadora del concurso de dramaturgia del ciclo Teatro x la Identidad, de las Abuelas de Plaza de Mayo, y fue representada en todo el país.

Desde octubre de 2013 forma parte del consejo de radio de Argentores.

Estrenó en Julio de 2016, en Tecnópolis, su obra de teatro María Elena Walsh, ayudanos a mirar, tributo a la autora de “La Cigarra”.

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Descripción del Autor

Sergio De Matteo

(Santa Rosa, La Pampa, 1969). Poeta, ensayista y periodista cultural. Ha publicado las plaquetas Soles violentos (1995); Absurdo / Absoluto (1996); y los libros Ozono (1997); Criatura de mediación (2005); El prójimo: pieza maestra de mi universo (FEP, 2006) y Diario de navegación (2007). Es presidente de la Asociación Pampeana de Escritores y dirige el programa radial “El estado de las cosas”.