Tres nombres para decir Tierra del Fuego

Tres nombres para decir Tierra del Fuego

Nada más acorde, para una revista literaria nombrada a sí misma Excéntrica, que incluir la poesía de quienes, justamente, viven y producen fuera de los centros, en los territorios alejados, como es la isla más austral de la Argentina.

Y si de poesía se trata, pensar en Tierra del Fuego es pensar en Niní Bernardello, Anahí Lazzaroni y Julio J. Leite, tres voces fundamentales de la tradición poética fueguina. Son fundamentales no solo por su camino ya andado, puesto que vienen escribiendo desde hace más de treinta años, sino también por su actualidad, y porque representan un faro indiscutible que alumbra la producción de otros poetas y escritores de la región.

Presentamos aquí una muestra de estas tres poéticas que persisten e insisten desde las soledades de la Isla, cada una con su singularidad: la poesía de caudal íntimo, soberbiamente lírica, de Niní Bernardello; la poesía de puertas adentro, aguda y certera, de Anahí Lazzaroni, y la de pulso urgente, descarnada y sensible, de Julio J. Leite.

 

NINÍ BERNARDELLO (Cosquín, 1949), poeta y artista visual radicada desde 1981 en Río Grande. Publicó: Espejos de papel (Sirirí, 1982), Malfario (Último Reino, 1985), Copia y transformaciones (Tierra Firme, 1991), Cantando en la casa del viento. Poetas de Tierra del Fuego. Antología (Editorial Universitaria de la Patagonia, 2001 y Editora  Cultural Tierra del Fuego, 2014), Puente aéreo (Tierra Firme, 2001), Salmos y azahares (Argos, 2005), Natal (Bajo la luna, 2010), Yeso tango (edición bilingüe e ilustrada, Editora Cultural Tierra del Fuego, 2012) y Agua florida (El suri porfiado, 2013). Ha participado en antologías y festivales de poesía tanto nacionales como internacionales. Integró el dossier de seis poetas argentinos presentado por la revista L’intranquille en el marco del Salón de París, en marzo de 2014.

Los cinco poemas que siguen conforman la serie “Homenaje a Isla de los Estados”, de su Antología íntima, que la editorial El origen del viento está próxima a publicar.

 

Jáius

 

La masa ondulante, elástica

está allí al alcance de la mano

de los ojos. Eterno vaivén del agua.

 

Quito la lectura de mis ojos

y quedo en la desembocadura

del torrente marítimo, desnuda.

 

Frío de nubes oscuras, dibujos de hielo

sobre la superficie hostil, sedienta

de una posición sagrada, de circular visión

 

Jáius, la que cierra y cuida las cordilleras

lejanas, intangibles, desliza en el rumor

del viento y de las aguas, los secretos de la isla.

 

 

*

 

Jáius, lugar del templo mayor

Intangible onda de luz mítica

ascendiendo desde la cordillera

distante, tanto que solo la mirada del

joon cree verla, Jáius, isla del poder

 

Nido de Wintek, nido del este

misterioso centro de la palabra

El color amarillo de la luz te otorgaron

dicen, en la soledad del fin del mundo.

 

 

La voz del mito

 

Vuelvo a subir los acantilados

enredándome en las algas terrosas

como si fueran sombríos lazos de captura

obligándome a huir.

La palabra que me nombra evoca la luz

del sol amaneciendo en el canto del universo

la raíz de todo la llamaban.

Puedo abrir y cerrar los ojos

la cordillera traslúcida y lejana permanece

allí, en un margen vacío

como visión inalterable de lo heredado.

 

 

*

 

Cuando digo belleza te veo

cercano Mar en el roce

de mis manos te veo

encendido en gris y plata

cubriéndome con tu oleaje

tan fantasmal como cierto

Cuando digo belleza

te busco bajo las estrellas

heladas de la Cola del Dragón

y siempre estás ahí fluyendo

como la palabra, como la vida

derramándose en tus aguas verdaderas.

Cuando escribo belleza

solo ansío verte para

regresar al borde blanco

de esa llanura de espejo

líquido donde dejo mis sueños.

 

 

Mítica

 

Sombras y violenta marejada. Bordes nítidos

sobre un vacío irreal, de fin del mundo.

Las cumbres bajo la niebla son lenguaje

reverente y consagrado por la intemperie

de todo lo visto como si fuera último.

Eso que termina y recomienza

siendo inicio, núcleo, raíz de todo-todo lo vivo.

Montañas invisibles para los ojos

del que invadiendo conquista

y corta, impiadoso, con el pasado.

 

 

Faro

 

Te veo desde la materia oscura

y convulsionada de rocas y mar

ascendiendo, dueño del cielo

de bosques y mareas, para abrir

los suntuosos ramos de vapor y nieblas

del aire tormentoso y así diseñar

en el último espacio del mundo

un decir sin objeto, ni voz ni sonido.

Haz de luz muda, irreal, girando

sin descanso como una mujer ahogándose.

 

 

ANAHÍ LAZZARONI  (1957) nació en La Plata y reside desde su infancia en Ushuaia. Ha publicado El poema se va sin saludarnos (Último Reino, 1994), Bonus Track (Último Reino, 1999), A la luz del desierto (Último Reino, 2004), El viento sopla (el suri pofiado, 2011). Codirigió, junto a Alicia Lazzaroni, la revista Aldea, de la que salieron 49 números entre 1986 y 1994. Colabora en diarios y publicaciones del país y del extranjero. Poemas suyos han sido traducidos al italiano, francés, coreano y catalán, e incluidos en diversas antologías.

Los poemas que siguen pertenecen al libro inédito Alguien lo dijo.

 

Siempre los muertos

 

                                 A Catalina Boccardo

 

Para ir al panteón se viaja

en caravana.

 

Atravesamos el pueblo

bajo un sol africano.

 

Llevamos las flores y los floreros.

 

Tengo ocho años

veo a mis tías tensas,

y mi abuela está enojada.

 

Si no vamos al cementerio

la familia gruñe.

 

A esos muertos

que ellas tanto veneran

 

nunca los conocí.

 

 

Dos barcos

 

No sé por qué me persiguen dos barcos

 

que se estrellan en la madrugada

o en una noche que no es ni áspera ni dócil.

 

Apenas veo sus proas.

 

No los distingo los siento ahí

en alguna parte del mar,

de otro mar que no es el mío,

tampoco el de los sueños.

 

Quizás sí sea el de la infancia,

más allá del Le Maire,

el de los libros o el de las pesadillas de invierno.

 

Dos barcos grises, sin tripulantes,

chocando sin ruido

 

entre olas altas.

 

 

Poemas chinos

 

                                 A Miguel Ángel Petrecca

                             

Casi nunca breves, con numerosos ríos.

 

Escritos por poetas que abandonan las ciudades

para ir al campo empujados por la revolución.

 

El libro lo trajo el cartero

una de esas noches sin grandes imprevistos.

 

¿Qué sucederá dentro de las otras casas

mientras leo?

 

China queda lejos.

 

 

Enigma

 

¿Para qué recordar esta melodía

si desconocemos de dónde viene?

 

¿Por qué razón vuelve

si no la podemos cantar?

 

Hubo un tiempo que estuvo

en nosotros

al igual que tantas cosas.

 

El pentagrama está vacío.

 

 

Poetas contemporáneos o el legado de lo cursi

 

                                   A Jorge G. Garzarelli

 

Queridos amigos:

 

Nuestro gran deber es mantener a los lectores en vilo

sabemos que la poesía aburre a la mayoría de los mortales.

 

Temen hallar golondrinas, rimas tontas,

crepúsculos, maderas de sándalo.

 

Y si nos descuidamos

hasta a ese par de muchachas hoy tan desprestigiadas:

 

la costurerita que dio el mal paso

y la pulpera de Santa Lucía.

 

 

JULIO J. LEITE nació en Ushuaia en 1957 y vive desde su infancia en Río Grande. Publicó los poemarios Cruda poesía fueguina (ed. del autor, 1986), Primeros fuegos (en coautoría con el poeta Oscar Barrionuevo, Municipalidad de Río Grande, 1988), Edad sol (ed. del autor, 1990), Bichitos de luz (ed. del autor, 1994), De límites y militancias (Atelí, 1996), Aceite humano (Parque Chas, 1997), Piedrapalabra (Parque Chas, 2003), Breve tratado sobre la lágrima (El suri porfiado, 2009) e Invocación (Parque Chas, 2011). Poemas suyos han sido incluidos en numerosas antologías, entre ellas, el Libro de lectura del Bicentenario (Secundaria I) (2010) publicado por el Ministerio de Educación de la Nación. Su poesía forma parte del disco Patagonia. Canto y poesía, que reúne a referentes del movimiento patagónico de música y poesía “Canto Fundamento”.

A continuación, una selección de poemas:

 

Cómo hacer un sueño

 

Juegue a la payana

con sus ojos,

cuando la mano izquierda

esté extendida

esperando

piedritas de miradas,

ciego mire al cielo

y con la misma mano

afírmese a la tierra

y a su gente,

en el cielo

no hay nada.

 

(de Aceite humano)

 

 

De límites y militancias

 

Yo,

continente de huesos y delirios

milito al sur

con la tierra,

por eso afirmo que ando

sobre mi larga y buena madre

arrastrando un Edipo

que no quiero que muera.

 

Limito al norte

con un supuesto reino celeste,

mi cabeza,

mi corazón,

–estados influyentes–

no aceptan esa monarquía

y sus embajadas terrenas.

 

Mi este

y mi oeste

forman un espacio justo,

juntando esos dos puntos

puedo abrazarte.

 

(De De límites y militancias)

 

 

La revolución de los pastitos

 

Los pastitos, esas humildes gramíneas que todo el mundo pisa, son muy charlatanes. Dicen que el viento les enseñó a hablar. Una vez un abuelo pasto que cargaba la memoria verde me contó sobre Atila y su caterva Mongólica. Entonces descubrí que era mentira eso de que “por donde pasaba Atila no crecía más el pasto” porque si hubiera sido así: don pasto memoria verde no habría podido contarme sobre Atila.

En otra oportunidad me encontré con un montón de pastitos amarillos, los habían colocado dentro de una camisa. Eran el alma de la vieja prenda y sobre una cruz de palo con sombrero, cuidaban una plantación de rabanitos, con voz muy chiquita, porque estaban moribundos, pero a coro, me dijeron los pastitos:

–Vale la pena morir por el rojo que se oculta bajo nuestra madre, mientras tanto ella, nos regala el verde y eso nos hace recordar a nuestra infancia.

Desde entonces traté de aprender a caminar sin pisar pasto. Digo que traté, porque por esa condición de entrega que ellos tienen, corrían hasta debajo de mis suelas y saltaban hasta chocar sus cabecitas amarillas contra mis zapatos.

Un buen día me tiré sobre la noche de los siempre y me puse a llorar, horas, días, años. Anegué mi cuerpo con mis lágrimas, vinieron el sol, la sangre, las estrellas, y a través de mi piel comenzaron a nacer los pastos tiernos… ¡Buen día! me decían, ¡buen día madre! Y yo hacía morisquetas para alejar a los gorriones y a otras aves, hasta que lo logré. Ahora soy todo pasto y me hice amigo de los pájaros. Ya no hago más morisquetas y espero a las ovejas. Ellas cuando comen, comen de raíz, y en una de esas, cuando arranquen el pastito que germinó dentro de mi corazón, me arrancan el corazón… Y bueno, es bueno vivir y morir como pastito, ser amarillo y sincero.

Hoy que han terminado las cuestiones de la nieve y el frío, hoy que supuestamente entramos en la estación de los brotes,  asumo mi condición de pasto. Písenme estúpidos de siempre, maten mis ganas de parecerme a los rayos del sol. No importa. Algún camarada pasto se levantará en armas sobre esta noche de mierda, entonces los jinetes tendrán petos y yelmos de pasto, los ojos de los caballos serán pasto y el pasto cotizará en la bolsa, compraremos con pasto, haremos seguramente una revolución de pasto. Que así sea.

 

(de Piedrapalabra)

 

 

Cuarto creciente

 

La luna

es un retazo de noche

que nos falta,

un cementerio de perros,

pan de grasa

que no alcanza.

 

 

(De Edad sol)

 

 

 

Preguntita

 

Y si dios

fuera una trucha enorme y saltarina, una Arco Iris

con un cielo al fondo y todo el viento?

 

Y si mi padre Vital me esperara

sin sangre en la boca

en la otra orilla de la vida?

 

(De Breve tratado sobre la lágrima)

 

En el collage que encabeza la nota: Niní Bernardello, Anahí Lazzaroni y Julio Leite.

 

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Florencia Lobo

Florencia Lobo

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